Islandia 02. El sol de medianoche

John Carlin

Hay un breve pero siempre mágico momento de consuelo del que disfrutamos los que, por desgracia, necesitamos llevar gafas. Es el que se produce cuando el óptico nos da unas nuevas, con la graduación actualizada según la vista que hemos perdido. Nos las ponemos y, de pronto, vemos relucir ante nosotros un nuevo mundo de colores brillantes y formas cristalinas.

Esa misma sensación es la que aguarda a todos, con gafas o sin ellas, cuando se sube a una colina en medio de Reikiavik, en un día de sol y pocas nubes. La pureza incontaminada del aire, barrido por vientos árticos, y la baja inclinación del sol -que proporciona todo el día esa luz de amanecer o atardecer que tanto gusta a los fotógrafos profesionales- ofrecen la lente perfecta al ojo: casi se pueden contar los bordes dentados de las montañas que están a 200 kilómetros, y los azules marinos y amarillos de las casitas de juguete, como de Lego, que componen el centro de la ciudad adquieren un tono más vivo.

Una de esas mañanas, atravieso esta ciudad sin tráfico hasta Morgunbladid, el New York Times de Islandia. Voy porque quiero que alguien me cuente las noticias del día. Yo no puedo ni tratar de imaginar lo que dice el periódico. ni mucho menos lo que oigo en la radio o en la televisión. El islandés es impenetrable. No sólo tiene letras que no existen en nuestro abecedario (Þ, ð, æ), y lugares con nombres como Kirkjubaejarklaustur, sino que, además, no se detecta prácticamente ninguna raíz latina o anglosajona. Es una lengua antigua y extraordinariamente estable, que prueba lo escasa que fue la intervención humana en Islandia durante los 700 años desde que cedió la soberanía a Noruega hasta que la recuperó de Dinamarca en 1944. La lengua sigue siendo hoy la misma que en el siglo XIII, cuando se escribieron las famosas sagas. Si la violencia de los viejos relatos vikingos no fuera tan extrema -son habituales las escenas en las que se cortan cuerpos por la mitad con hachas-, un niño de ocho años podría leerlas hoy perfectamente, según dicen.

Me habían contado que Morgunbladid es un periódico conservador, leal al Gobierno del momento, que siempre es una coalición dirigida por la derecha. Por eso me sorprende, al llegar a la nueva sede del periódico -espaciosa para un periódico con una tirada de 50.000 ejemplares-, descubrir en la recepción una mesa visiblemente llena de ejemplares de la revista Gay Pride.

El director de Morgunbladid está de vacaciones y el subdirector estaba ese día en casa cuidando de un hijo enfermo, así que le toca al jefe de sucesos ser mi guía y acompañante. Se llama Orlygur Steinn Sigurjonsson y es alto, pálido y musculoso, tal como sugiere su nombre. La noticia más destacada del día, acompañada por una fotografía en la parte superior del periódico, es la de una mujer israelí que trata de batir un récord: quiere ser la primera persona que dé la vuelta a Islandia navegando en kayak. La segunda noticia de portada también habla de israelíes, los que están batiendo récords con sus ataques en Líbano. Luego está la historia de una disputa entre Groenlandia y Dinamarca relacionada con el petróleo y, en las noticias locales, una información sobre una gasolinera en Reikiavik a la que se ha obligado a cerrar porque no tiene los papeles en orden. Bastante más interesante, pensé, aunque había quedado relegada a la última página, era la historia de un médico en la segunda ciudad de Islandia, Akureyri , que ha realizado unas investigaciones que parecen indicar que cuanto más gordo es un niño, menos probabilidades tiene de ir bien en el colegio.

Le pregunto a ÖrIygur–un tipo taciturno, pero dotado de la misma seguridad firme y serena que estoy descubriendo en todos los islandeses con los que me encuentro- qué noticias va a dar hoy que tengan que ver con delitos. Para ser estrictos, ninguna, me responde. Va a contar los últimos datos sobre accidentes de motocicleta, pero ésos son sucesos que, más que ser cuestión de delitos, o incluso negligencia, son pura estupidez. “Se ha apoderado del país la manía de las motos”, dice Örlygur. “Es otro ejemplo más de lo ricos que nos hemos hecho de repente. Entre enero y mayo del año pasado importamos 600 grandes motos nuevas, la quinta parte de las importaciones totales durante los últimos 50 años. Es sobre todo gente de 40 y 50 años, que se encuentra con un montón de dinero y no sabe cómo utilizarlo”.

La otra historia en la que está trabajando ese día Örlygur también tiene que ver con Israel. Y es, una vez más, una noticia de la sección nacional. Resulta que la mujer del presidente nació en Israel, aunque tiene pasaporte británico. Hace poco ocupó los titulares cuando la retuvieron varias horas en el aeropuerto de Tel Aviv por no tener pasaporte israelí. La televisión mostró imágenes de ella enrabietada con los agentes uniformados de la inmigración israelíes. Hoy, Örlygur está escribiendo sobre su inminente adquisición de la nacionalidad islandesa.

Parece una buena idea. Debe de haber más británicos e israelíes que harían lo mismo si pudieran. Sobre todo ahora que está a punto de quedar eliminada del territorio islandés la última amenaza imaginable contra la seguridad nacional.

Una de las grandes noticias de los últimos meses en Islandia, me dice Örlygur, es la relativa a la decisión de Estados Unidos de retirar su base militar de Keflavik, en un brazo de tierra volcánica al oeste de Reikiavik. Dado que Islandia es un país que no dedica ni un céntimo de sus impuestos a gastos militares, la base estadounidense ha sido el único medio de defensa del país desde la Segunda Guerra Mundial. A lo largo de ese tiempo, periódicamente, ha habido manifestantes de izquierdas acampados delante de la base para pedir que se cerrara el Guantánamo islandés. Pero ahora que la base va a desaparecer, los islandeses no están seguros de si eso es bueno o malo. Lo cual resulta curioso porque, en estos tiempos, con un Estados Unidos desatado en su guerra contra el terrorismo islámico, la base de Keflavik parecería el único objetivo islandés capaz de interesar a los Bin Ladens de este mundo.

Parte del problema, explica Örlygur, se debe a la mala educación de Estados Unidos. La base siempre existió, en virtud de un acuerdo conjunto entre los dos países, pero el Gobierno de Bush se limitó a anunciar un día que se iba, sin previo aviso, y no hubo más que hablar. Recuerdo lo que me dijo el futbolista Gudjohnsen de que Islandia es un país pequeño que cree que es grande, y puedo comprender por qué es posible que los islandeses se hayan incorporado a la larga lista de países de todo el mundo y de todos los tamaños que se sienten molestos por la prepotencia de la que ha hecho gala Estados Unidos en años recientes. Entre otras cosas, porque el Gobierno de derechas de Islandia, en la época de la guerra de Irak, se unió a España, Reino Unido, Costa Rica, las islas Marshall, Micronesia y las islas Salomón (entre otros Estados) en la “coalición de los dispuestos”. (The Washington Post llamó al que era entonces embajador islandés ante EE UU, Helgi Agustsson, y le preguntó si su país iba a enviar tropas. “Agustsson soltó una sonora carcajada escandinava”, informó el Post, “y dijo: ¡Qué ocurrencia tan graciosa!”).

Una vez que se pasó la decepción inicial con los norteamericanos, explica ÖrIygur, se inició un debate político sobre si Islandia afronta algún tipo de amenaza; y el Gobierno sostuvo que sí, que había una amenaza terrorista. ÖrIygur parece estar de acuerdo conmigo en que hay alguien que tiene muy poco claras las cosas, pero, cuando le pregunto si existen planes para sustituir a las fuerzas estadounidenses, me dice que el ministro de Exteriores ha estado viajando por Europa con el fin de obtener apoyos a las tropas de otros miembros de la OTAN, y que los franceses, en un momento dado, parecían haber estado interesados en llenar el hueco dejado por Estados Unidos. ¿Alguien ha pensado en la posibilidad de crear ge una vez un Ejército islandés? Orlygur me observa como si estuviera loco. “¡Dios mío, no! ¡Ningún político de ningún partido ha sugerido nunca algo semejante!”.

Ésa es la razón de que Islandia pueda tener lo que el embajador británico, Alp Mehmet, llama un “fantástico sistema de salud, que no tiene nada que envidiar a ningún otro, y un sistema educativo también fantástico”. Mehmet, el primer embajador musulmán británico en el mundo, me asegura mientras nos tomamos un té que su país podría aprender muchas cosas de Islandia. Y no sólo en cuanto al sistema del Estado de bienestar. “También son estupendos en los negocios”, dice. “De no estar en ningún sitio hace 10 o 20 años, han pasado a estar prácticamente comprando Dinamarca y Gran Bretaña”. ¿Una especie de reconquista vikinga? “Podría llamarse así”, se ríe. “Pero las empresas islandesas ya dan trabajo a entre 100.000 y 120.000 británicos en Gran Bretaña, y también han comprado la mayor cadena de grandes almacenes de Dinamarca, para desolación de los daneses”. Sería raro que no les hubiera molestado. Es como si Bolivia comprara El Corte Inglés. “El KB Bank islandés”, añade el embajador Mehmet, impresionado hasta el asombro por el país anfitrión, “fue el banco que más rápidamente creció en todo el mundo el año pasado. Y tendría usted que ver la responsabilidad social que muestran aquí los adolescentes, y qué actitud tan benevolente existe hacia las jóvenes que se quedan embarazadas cuando todavía están estudiando, y cuánta igualdad hay entre hombres y mujeres…”.

En resumen, el embajador británico parece tan convencido como Victoria Abril y la madre de Eidur Gudjohnsen de que Islandia es el mejor país del mundo. Mis opiniones empiezan seriamente a consolidarse en ese sentido después de mis tres o cuatro primeras comidas en Reikiavik. Un local que escogí al azar se define de forma asombrosamente humilde como pizzería, pero sirve una sopa de salmón al curry de una ligereza maravillosa y – un pescado fresquísimo del océano Ártico de carne rosada que en la industria se llama charr, rodeado de puerros. Después voy a un sitio que me ha recomendado un amigo islandés llamado Vid Tjornina, en el que como pescado crudo marinado en limón, con soja y wasabi, seguido de bacalao y cocinado con aceitunas, tomate y cebolla, hecho con tanta frescura y destreza como si hubiera estado en Bilbao. Y en Laekjarbrekka, donde voy a cenar, la sopa de espárragos y langosta, el carpaccio de reno y el caviar negro y rojo tienen el delicioso acompañamiento de una botella de un magnífico vino surafricano, Klein Constantia Sauvignon Blanc.

Tengo que hacer un esfuerzo constante para recordar que ésta es una ciudad en la que, como no dejan de decirme, hace 20 años no había más que dos restaurantes; lo que la gente consideraba una buena comida era abadejo cocido con patatas, y una cena festiva consistía en pollo con patatas fritas y vodka. También tengo que recordar, mientras me tomo un skyr -una especie de yogur cremoso islandés-, con pannacotta de fresa y sorbete de arándano, que es la hora de la cena, y no del almuerzo. Al acabar es medianoche y el sol sigue visible en el cielo; está bajo, pero aún visible. Parecía a punto de ponerse desde antes de sentarme a la mesa, pero ahí sigue colgado tentadoramente sobre el horizonte, hasta que por fin, hacía la una de la mañana, se oculta momentáneamente para reaparecer medio minuto después, en el instante oficial del amanecer. Uno responde a tanta magia con un asombro infantil, y con algo del deleite travieso de un niño al que han permitido quedarse con los mayores mucho después de la hora de ir a dormir. Salgo del restaurante y me mezclo con los jóvenes que se disponen a disfrutar de otro fenómeno del que no dejo de leer y oír hablar, la famosa vida nocturna de Reikiavik. Cuatro chicas de unos 19 años caminan calle abajo vestidas con zapatos de tacón, minifaldas y camisetas atadas al cuello. Van vestidas como si estuvieran en Torremolinos. Tienen que ser islandesas. Hace 12 grados de temperatura y todos los extranjeros llevamos chubasquero.

Eso es precisamente lo que llevo puesto a la mañana siguiente cuando subo al avión de hélice que se dirige a Akureyri, en la costa norte y en el extremo sur del fiordo más largo de Islandia. Mientras iniciamos el descenso veo por la ventana el paisaje más imponente, desolador y hermoso que he visto nunca. Cráteres rocosos y largas y gigantescas cimas de lava negra y desnuda, que alternan con largos dedos de hielo. Deshabitado e inhabitable, como el 90% del país. Pero descendemos bajo las nubes y el espectáculo se vuelve verde, todo lo verde que puede llegar a ser Islandia, y, mientras se preparan las ruedas para el aterrizaje, veo caballos pardos y manchas blancas que son ovejas. Del borde del fiordo, de forma completamente anómala, sale un barco de pasajeros enorme, un ferry -según me entero en las tiendas de recuerdos de la ciudad lleno de jubilados estadounidenses. Estamos prácticamente en el fin del mundo y, sin embargo, descubro que Akureyri tiene su propia orquesta sinfónica, su propia universidad y un gran hospital que atiende también a los enfermos en la parte oriental de Groenlandia. Cuenta además con bares que sirven lattes, capuchinos y macchiatos –la aportación más reciente de Italia a la globalización- y más camareras que hablan inglés a la perfección.

Alquilo un coche y conduzco durante media hora hacia el norte, por el borde occidental del fiordo, hasta llegar a Arskogssandur, donde dejo el coche y tomo el ferry a la isla de Hrisey. Aquí tengo una cita con un autor islandés que, según me han dicho, puede ofrecerme una visión de Islandia más cáustica que la que he recibido hasta ahora. Empezaba a preocuparme, después de tres días de visita, que estuviera creándome una imagen demasiado rosa de esta remota isla; que no estuviera cumpliendo mi deber periodístico de tener en cuenta todos los puntos de vista.

Sin embargo, el panorama desde el ferry, una pequeña embarcación blanca que llega a la isla de Hrisey en 15 minutos, es tan sobrecogedor’ que elimina de mi cabeza cualquier idea baldía de objetividad o equilibrio. Me rodean un mar de cristal y unas montañas de pendientes verdes–de todos los matices de verde imaginables- que bajan suavemente hacia las aguas de azul intenso o muestran un brusco descenso en rocosos acantilados de vértigo. Una línea de nubes corta las montañas por la mitad, y lo que se ve por encima de ellas pertenece a un escenario totalmente distinto: cimas desnudas, oscuras, de contornos redondeados, manchadas de glaciares blancos, que producen el efecto de un cuerpo de caballo de color blanco y marrón. A través de la lente de este aire puro y esta luz islandesa fotogénicamente perfecta, el espectáculo es inmenso y majestuoso. Haldor Laxness, un escritor del que no me avergüenza decir que no había oído hablar jamás antes de ir a Islandia, es un novelista y poeta que obtuvo el Premio Nobel en 1955, fundamentalmente por una obra épica -la novela islandesa por excelencia- llamada Gente independiente, y ha escrito con más pasión que nadie sobre el paisaje extraterrenal de su país. Como revela este fragmento de un libro titulado Luz del mundo: “Donde el glaciar se eleva hacia el firmamento, la tierra deja de ser de este mundo y se vuelve celestial; allí no puede haber penas, de modo que ya no es necesaria la alegría sólo manda la belleza, más allá de todo reclamo”.

Fuente: EL PAIS; martes 22 de agosto de 2006

Los recuerdos

Los recuerdos

Los recuerdos sólo pertenecen a uno mismo hasta el momento en que se cuentan y abandonan su exclusividad para pasar a formar parte de la memoria colectiva. Es entonces cuando parecen tomar vida propia y se estancan en un tiempo indefinido, único y laberíntico, como el de los sueños, donde habitan ya para los restos, expuestos a la manipulación de cualquiera que decida utilizarlos, porque en realidad en este mundo no hacemos otra cosa que contar.

 

Fuente

Las tristes vacaciones de Amadeo Bernal de Gregorio Verdugo

(H.C.N.) Hoy Centrales Nucleares

Lo que nos espera para los próximos 10 años….

Finlandia abre la veda nuclear

 

El temor europeo al cambio climático impulsa la construcción de una central atómica

ANA CARBAJOSA Rauma

Publicado en El PAIS, martes, 6 de febrero de 2007

Una espesa capa de nieve lo cubre todo, incluso el mar, que se confunde con la tierra. Sólo un pequeño puente da fe de que se trata de una isla, la que alberga la todavía embrionaria Olkiluoto3, la primera central nuclear concebida en Europa tras la explosión de Chernóbil en 1986. El miedo a los efectos catastróficos del cambio climático y la ansiada independencia de países como Rusia, poco fiables en su papel de suministradores energéticos han abierto de par en par la puerta a la opción nuclear, sepultada durante años.

Un mar de grúas da forma al caparazón del reactor de última generación y a un cementerio nuclear permanente a medio kilómetro de profundidad, único en el mundo, que guardará los residuos altamente radiactivos de toda Finlandia. Políticos y ciudadanos lo han acogido con los brazos abiertos. Paradójicamente ha sido la potente preocupación ambiental de los finlandeses, que ven en el uranio la única fuente de energía libre de emisiones de CO2, la que ha permitido que los deseos de la industria, que será copropietaria de la central, se hagan realidad. Tienen también los finlandeses fe ciega en los adelantos tecnológicos del reactor, según sus creadores, mucho más seguro y preparado incluso para resistir impactos de aviones como los del 11-S.

“El 90% de los finlandeses reconoce que el cambio climático es una realidad y nos piden respuestas a los políticos. Las metas que fija la Unión Europea de reducción de CO2, junto a la opinión de los ciudadanos y el clima político reinante, hace que sea el momento propicio para optar por las nucleares. Los grandes partidos finlandeses apoyaremos en breve la construcción de otra central más, la sexta”, indica el ex ministro de Asuntos Europeos Jari Vilén. Este diputado del opositor partido conservador acaba de volver de Rusia, y tras entrevistarse con políticos del Kremlin dice estar sorprendido por su actitud. “Tienen claro que Europa depende de su energía y no van a acceder a abrir su mercado con las condiciones que quieren los europeos, no habrá una carta de energía con Rusia en varios años”, asegura.

Olkiluoto3 es sólo el pistoletazo de salida en una Europa, consciente de su creciente voracidad energética y deseosa de reducir la dependencia del Kremlin -el 40% de las importaciones de gas y el 25% de las de petróleo de la UE proceden de Rusia-, y con el cambio climático como telón de fondo. Después de Finlandia, vendrá Francia con otra central en construcción. Lituania, Holanda, Polonia, Suecia, República Checa, Reino Unido, Eslovaquia, Rumania y Bulgaria ya han reabierto el debate nuclear, lo que en breve les conducirá a levantar nuevas centrales o a prolongar la vida de las existentes.

Oficialmente, Bruselas no impulsa la resurrección nuclear y deja la decisión en manos de los Estados miembros. Pero es un secreto a voces que el Ejecutivo comunitario cree que la competitividad de la UE depende en gran medida de un cóctel de fuentes de energía que incluye la nuclear. “Teniendo en cuenta que el tiempo que se necesita para construir una central ronda los 10 años, hace falta tomar decisiones ahora si se pretende construir nuevas centrales, si se quiere mantener la actual capacidad de producción”, dejó hace poco escrito Bruselas en uno de los documentos de la estrategia energética comunitaria. Fuera de la UE, Japón, Corea del Sur, China, India, Rusia y EE UU también tienen planes nucleares a la vista.

Mientras, la construcción de Olkiluoto3 y del primer cementerio nuclear permanente sigue su curso a pesar del gélido invierno que tiñe de blanco Finlandia. Ingenieros y obreros de 30 países tratan de ganar tiempo, después de que el proyecto haya sufrido un retraso de cerca de dos años, que impedirá que la central eche a andar antes de 2011 y que ha provocado pérdidas multimillonar
ias a la empresa contratista, la franco-alemana Areva. El incumplimiento de los plazos, causado por numerosos problemas técnicos y la falta de personal cualificado, llena estos días los titulares de la prensa finlandesa.

Philippe Knoche es el director del proyecto de Olkiluoto3 y ha acudido a la conferencia de prensa que cada mes se celebra en la central. Le toca explicar por qué el proyecto no marcha todo lo bien que debiera. Más tarde, en conversación con este diario, reconoce que los plazos que se fijaron inicialmente eran “demasiado ambiciosos” y explica las características del proyecto: un reactor de agua ligera a presión tipo EPR con una potencia eléctrica de 1.600 megavatios, “una evolución, no una revolución” comparado con modelos como Vandellós II o Trillo en España. Sin embargo, las mejoras no son comparables con las que tendrán los reactores de Generación IV, todavía en fase de I+D.

La novedad en Olkiluoto3 consiste en que han multiplicado los sistemas de seguridad, de forma “redundante y autónoma”. Es decir, que si en caso de accidente falla uno, se pondría en marcha el siguiente y así sucesivamente. Otra de las innovaciones del diseño es que han recubierto las estructuras con hormigón pesado, capaz de soportar la colisión de un avión de pasajeros o militar.

La seguridad reforzada del diseño podría verse minada, sin embargo, por la propia ejecución del proyecto, como denuncian no sólo los ecologistas, sino también Stuck, el organismo del Gobierno finlandés encargado de velar por la seguridad de la central, que ha detectado importantes deficiencias, aunque piensan que van camino de resolverse. “No han cumplido nuestros requerimientos y van a tener que rehacer algunas piezas, pero es sólo cuestión de tiempo”, indica Petteri Tiippana, responsable de la supervisión del proyecto en Stuck. Pero sí le preocupa la interminable cadena de subcontrataciones y la deslocalización excesiva de la fabricación y ensamblaje de los componentes. Francia, Japón, Alemania, Polonia o India son algunos de los 27 países en que se fabrican las piezas. “Cuanto más corta sea la cadena de subcontratación y menos subcontratistas haya, mejor será para la seguridad”, reconoce Tiippana, en la sala de emergencias, forrada de mapas y botones, y desde la que se controlará la respuesta de policías, bomberos y técnicos en caso de accidente nuclear.

Los habitantes de Rauma, la población que acaba a un kilómetro largo de Olkiluoto, no temen un accidente ni piensan en los peligros de la subcontratación. Lejos de haberse encadenado a las puertas de la central, piensan que será beneficiosa para el medio ambiente. “Ya hay dos centrales funcionando en la isla. No me preocupa que haya una tercera. El planeta se está calentando y alguien tiene que hacer algo”, se resigna a sus 43 años Sirpa, una camarera. Como ella, Juli Areila, maestra, asume con naturalidad la vida junto a la central. “Todos los cursos del colegio van de excursión a Olkiluoto. A mi hijo le toca la semana que viene. Los adultos también vamos. Es gratis y además nos dan café”, cuenta esta mujer de 40 años, que se ganó sus primeros sueldos limpiando los cristales de Olkiluoto1 y 2, que funcionan desde principios de los años ochenta.

Tomy Suvanto, teniente alcalde de Rauma, explica que eligieron su ciudad, de 37.000 habitantes, porque las papeleras de la zona consumen mucha energía y porque “como ha habido dos centrales en los últimos 30 años, estamos muy acostumbrados a vivir con ellas”. Tanto que, según cuenta, las cabañas de verano instaladas junto al mar, al pie de la central, se venden en el mercado al mismo precio que las que distan decenas de kilómetros. Además, no oculta su satisfacción por la fuente de ingresos que suponen los trabajadores extranjeros que han desembarcado en masa. Hasta han montado su propia escuela francesa.

Como los habitantes de Rauma, la mayoría de los finlandeses confía en la seguridad de las centrales. Según el Eurobarómetro de 2005, el 58% de ellos dijo estar a favor de la energía nuclear, una cifra muy elevada comparada con el apoyo del 16% de los españoles ese mismo año. Desde que en 2002 el Parlamento de Finlandia diera el visto bueno al reactor ahora en construcción, la población lo ha asumido como un proyecto nacional. Los empresarios, impulsores y copropietarios a través del consorcio TVO del proyecto, han visto cumplido su sueño después de años de intenso lobby. “En este país hace mucho frío y se gasta mucha calefacción. La industria papelera [uno de los motores de la economía finlandesa] tiene muchas necesidades energéticas. Además, los empresarios no pueden permitirse pagar la electricidad a un precio cada vez más alto”, sostiene Jouni Punnonen, experto en energía de la patronal.

A pesar de que Finlandia es el cuarto país con la electricidad más barata de la UE, Punnonen se queja de que los empresarios de su país no podrán competir con los chinos o con los de EE UU si tienen que estar sujetos al comercio de emisiones de CO2, con el que Bruselas pretende dar cumplimiento a los objetivos del Protocolo de Kioto. En virtud de este mecanismo, los Gobiernos europeos otorgan a la industria créditos para emitir una cierta cantidad de gases contaminantes, y si se exceden tienen que pagar la diferencia. La energía nuclear, que no produce dióxido de carbono, no está sujeta al comercio de emisiones.

En realidad, a la industria le sale casi lo comido por lo servido, porque el Gobierno finlandés, como muchos otros europeos, ha otorgado casi tantos derechos de emisión como precisan los empresarios. Aun así, Punnonen sostiene que el comercio de emisiones ha encarecido la electricidad de la que se nutren entre otras las papeleras, y que si los industriales, como está previsto, chupan la corriente directamente desde la central, se evitarán el filtro ambiental y pagarán menos por la energía. Este experto dice que lo que es bueno para los empresarios es bueno para el Estado.

Pero los ecologistas sostienen que también al Estado finlandés le va a salir cara la central, y en concreto el retraso que acumula el proyecto. “Al Gobierno le va a costar unos 300 millones de euros en créditos de emisión que no tenían previstos para los dos años de demora y en los que habrá que ir a buscar la energía a otra parte”, explica el encargado de los temas de energía de Greenpeace en Finlandia, Lauri Myllyvirta. La organización, que intentó sin éxito parar el proyecto, lamenta ahora que “los titulares catastrofistas de la prensa” sobre las consecuencias del cambio climático hayan abonado el terreno para los defensores de la opción nuclear. “A los políticos les resulta mucho más fácil convencer a la gente de que un reactor es seguro que de intentar que la gente use menos el coche o cambie su modelo de vida”.

Olkiluoto3 supone una salida en una Europa deseosa de reducir la dependencia de Rusia.

El 58% de los finlandeses confía en la seguridad de las plantas atómicas