Islandia 02. El sol de medianoche

John Carlin

Hay un breve pero siempre mágico momento de consuelo del que disfrutamos los que, por desgracia, necesitamos llevar gafas. Es el que se produce cuando el óptico nos da unas nuevas, con la graduación actualizada según la vista que hemos perdido. Nos las ponemos y, de pronto, vemos relucir ante nosotros un nuevo mundo de colores brillantes y formas cristalinas.

Esa misma sensación es la que aguarda a todos, con gafas o sin ellas, cuando se sube a una colina en medio de Reikiavik, en un día de sol y pocas nubes. La pureza incontaminada del aire, barrido por vientos árticos, y la baja inclinación del sol -que proporciona todo el día esa luz de amanecer o atardecer que tanto gusta a los fotógrafos profesionales- ofrecen la lente perfecta al ojo: casi se pueden contar los bordes dentados de las montañas que están a 200 kilómetros, y los azules marinos y amarillos de las casitas de juguete, como de Lego, que componen el centro de la ciudad adquieren un tono más vivo.

Una de esas mañanas, atravieso esta ciudad sin tráfico hasta Morgunbladid, el New York Times de Islandia. Voy porque quiero que alguien me cuente las noticias del día. Yo no puedo ni tratar de imaginar lo que dice el periódico. ni mucho menos lo que oigo en la radio o en la televisión. El islandés es impenetrable. No sólo tiene letras que no existen en nuestro abecedario (Þ, ð, æ), y lugares con nombres como Kirkjubaejarklaustur, sino que, además, no se detecta prácticamente ninguna raíz latina o anglosajona. Es una lengua antigua y extraordinariamente estable, que prueba lo escasa que fue la intervención humana en Islandia durante los 700 años desde que cedió la soberanía a Noruega hasta que la recuperó de Dinamarca en 1944. La lengua sigue siendo hoy la misma que en el siglo XIII, cuando se escribieron las famosas sagas. Si la violencia de los viejos relatos vikingos no fuera tan extrema -son habituales las escenas en las que se cortan cuerpos por la mitad con hachas-, un niño de ocho años podría leerlas hoy perfectamente, según dicen.

Me habían contado que Morgunbladid es un periódico conservador, leal al Gobierno del momento, que siempre es una coalición dirigida por la derecha. Por eso me sorprende, al llegar a la nueva sede del periódico -espaciosa para un periódico con una tirada de 50.000 ejemplares-, descubrir en la recepción una mesa visiblemente llena de ejemplares de la revista Gay Pride.

El director de Morgunbladid está de vacaciones y el subdirector estaba ese día en casa cuidando de un hijo enfermo, así que le toca al jefe de sucesos ser mi guía y acompañante. Se llama Orlygur Steinn Sigurjonsson y es alto, pálido y musculoso, tal como sugiere su nombre. La noticia más destacada del día, acompañada por una fotografía en la parte superior del periódico, es la de una mujer israelí que trata de batir un récord: quiere ser la primera persona que dé la vuelta a Islandia navegando en kayak. La segunda noticia de portada también habla de israelíes, los que están batiendo récords con sus ataques en Líbano. Luego está la historia de una disputa entre Groenlandia y Dinamarca relacionada con el petróleo y, en las noticias locales, una información sobre una gasolinera en Reikiavik a la que se ha obligado a cerrar porque no tiene los papeles en orden. Bastante más interesante, pensé, aunque había quedado relegada a la última página, era la historia de un médico en la segunda ciudad de Islandia, Akureyri , que ha realizado unas investigaciones que parecen indicar que cuanto más gordo es un niño, menos probabilidades tiene de ir bien en el colegio.

Le pregunto a ÖrIygur–un tipo taciturno, pero dotado de la misma seguridad firme y serena que estoy descubriendo en todos los islandeses con los que me encuentro- qué noticias va a dar hoy que tengan que ver con delitos. Para ser estrictos, ninguna, me responde. Va a contar los últimos datos sobre accidentes de motocicleta, pero ésos son sucesos que, más que ser cuestión de delitos, o incluso negligencia, son pura estupidez. “Se ha apoderado del país la manía de las motos”, dice Örlygur. “Es otro ejemplo más de lo ricos que nos hemos hecho de repente. Entre enero y mayo del año pasado importamos 600 grandes motos nuevas, la quinta parte de las importaciones totales durante los últimos 50 años. Es sobre todo gente de 40 y 50 años, que se encuentra con un montón de dinero y no sabe cómo utilizarlo”.

La otra historia en la que está trabajando ese día Örlygur también tiene que ver con Israel. Y es, una vez más, una noticia de la sección nacional. Resulta que la mujer del presidente nació en Israel, aunque tiene pasaporte británico. Hace poco ocupó los titulares cuando la retuvieron varias horas en el aeropuerto de Tel Aviv por no tener pasaporte israelí. La televisión mostró imágenes de ella enrabietada con los agentes uniformados de la inmigración israelíes. Hoy, Örlygur está escribiendo sobre su inminente adquisición de la nacionalidad islandesa.

Parece una buena idea. Debe de haber más británicos e israelíes que harían lo mismo si pudieran. Sobre todo ahora que está a punto de quedar eliminada del territorio islandés la última amenaza imaginable contra la seguridad nacional.

Una de las grandes noticias de los últimos meses en Islandia, me dice Örlygur, es la relativa a la decisión de Estados Unidos de retirar su base militar de Keflavik, en un brazo de tierra volcánica al oeste de Reikiavik. Dado que Islandia es un país que no dedica ni un céntimo de sus impuestos a gastos militares, la base estadounidense ha sido el único medio de defensa del país desde la Segunda Guerra Mundial. A lo largo de ese tiempo, periódicamente, ha habido manifestantes de izquierdas acampados delante de la base para pedir que se cerrara el Guantánamo islandés. Pero ahora que la base va a desaparecer, los islandeses no están seguros de si eso es bueno o malo. Lo cual resulta curioso porque, en estos tiempos, con un Estados Unidos desatado en su guerra contra el terrorismo islámico, la base de Keflavik parecería el único objetivo islandés capaz de interesar a los Bin Ladens de este mundo.

Parte del problema, explica Örlygur, se debe a la mala educación de Estados Unidos. La base siempre existió, en virtud de un acuerdo conjunto entre los dos países, pero el Gobierno de Bush se limitó a anunciar un día que se iba, sin previo aviso, y no hubo más que hablar. Recuerdo lo que me dijo el futbolista Gudjohnsen de que Islandia es un país pequeño que cree que es grande, y puedo comprender por qué es posible que los islandeses se hayan incorporado a la larga lista de países de todo el mundo y de todos los tamaños que se sienten molestos por la prepotencia de la que ha hecho gala Estados Unidos en años recientes. Entre otras cosas, porque el Gobierno de derechas de Islandia, en la época de la guerra de Irak, se unió a España, Reino Unido, Costa Rica, las islas Marshall, Micronesia y las islas Salomón (entre otros Estados) en la “coalición de los dispuestos”. (The Washington Post llamó al que era entonces embajador islandés ante EE UU, Helgi Agustsson, y le preguntó si su país iba a enviar tropas. “Agustsson soltó una sonora carcajada escandinava”, informó el Post, “y dijo: ¡Qué ocurrencia tan graciosa!”).

Una vez que se pasó la decepción inicial con los norteamericanos, explica ÖrIygur, se inició un debate político sobre si Islandia afronta algún tipo de amenaza; y el Gobierno sostuvo que sí, que había una amenaza terrorista. ÖrIygur parece estar de acuerdo conmigo en que hay alguien que tiene muy poco claras las cosas, pero, cuando le pregunto si existen planes para sustituir a las fuerzas estadounidenses, me dice que el ministro de Exteriores ha estado viajando por Europa con el fin de obtener apoyos a las tropas de otros miembros de la OTAN, y que los franceses, en un momento dado, parecían haber estado interesados en llenar el hueco dejado por Estados Unidos. ¿Alguien ha pensado en la posibilidad de crear ge una vez un Ejército islandés? Orlygur me observa como si estuviera loco. “¡Dios mío, no! ¡Ningún político de ningún partido ha sugerido nunca algo semejante!”.

Ésa es la razón de que Islandia pueda tener lo que el embajador británico, Alp Mehmet, llama un “fantástico sistema de salud, que no tiene nada que envidiar a ningún otro, y un sistema educativo también fantástico”. Mehmet, el primer embajador musulmán británico en el mundo, me asegura mientras nos tomamos un té que su país podría aprender muchas cosas de Islandia. Y no sólo en cuanto al sistema del Estado de bienestar. “También son estupendos en los negocios”, dice. “De no estar en ningún sitio hace 10 o 20 años, han pasado a estar prácticamente comprando Dinamarca y Gran Bretaña”. ¿Una especie de reconquista vikinga? “Podría llamarse así”, se ríe. “Pero las empresas islandesas ya dan trabajo a entre 100.000 y 120.000 británicos en Gran Bretaña, y también han comprado la mayor cadena de grandes almacenes de Dinamarca, para desolación de los daneses”. Sería raro que no les hubiera molestado. Es como si Bolivia comprara El Corte Inglés. “El KB Bank islandés”, añade el embajador Mehmet, impresionado hasta el asombro por el país anfitrión, “fue el banco que más rápidamente creció en todo el mundo el año pasado. Y tendría usted que ver la responsabilidad social que muestran aquí los adolescentes, y qué actitud tan benevolente existe hacia las jóvenes que se quedan embarazadas cuando todavía están estudiando, y cuánta igualdad hay entre hombres y mujeres…”.

En resumen, el embajador británico parece tan convencido como Victoria Abril y la madre de Eidur Gudjohnsen de que Islandia es el mejor país del mundo. Mis opiniones empiezan seriamente a consolidarse en ese sentido después de mis tres o cuatro primeras comidas en Reikiavik. Un local que escogí al azar se define de forma asombrosamente humilde como pizzería, pero sirve una sopa de salmón al curry de una ligereza maravillosa y – un pescado fresquísimo del océano Ártico de carne rosada que en la industria se llama charr, rodeado de puerros. Después voy a un sitio que me ha recomendado un amigo islandés llamado Vid Tjornina, en el que como pescado crudo marinado en limón, con soja y wasabi, seguido de bacalao y cocinado con aceitunas, tomate y cebolla, hecho con tanta frescura y destreza como si hubiera estado en Bilbao. Y en Laekjarbrekka, donde voy a cenar, la sopa de espárragos y langosta, el carpaccio de reno y el caviar negro y rojo tienen el delicioso acompañamiento de una botella de un magnífico vino surafricano, Klein Constantia Sauvignon Blanc.

Tengo que hacer un esfuerzo constante para recordar que ésta es una ciudad en la que, como no dejan de decirme, hace 20 años no había más que dos restaurantes; lo que la gente consideraba una buena comida era abadejo cocido con patatas, y una cena festiva consistía en pollo con patatas fritas y vodka. También tengo que recordar, mientras me tomo un skyr -una especie de yogur cremoso islandés-, con pannacotta de fresa y sorbete de arándano, que es la hora de la cena, y no del almuerzo. Al acabar es medianoche y el sol sigue visible en el cielo; está bajo, pero aún visible. Parecía a punto de ponerse desde antes de sentarme a la mesa, pero ahí sigue colgado tentadoramente sobre el horizonte, hasta que por fin, hacía la una de la mañana, se oculta momentáneamente para reaparecer medio minuto después, en el instante oficial del amanecer. Uno responde a tanta magia con un asombro infantil, y con algo del deleite travieso de un niño al que han permitido quedarse con los mayores mucho después de la hora de ir a dormir. Salgo del restaurante y me mezclo con los jóvenes que se disponen a disfrutar de otro fenómeno del que no dejo de leer y oír hablar, la famosa vida nocturna de Reikiavik. Cuatro chicas de unos 19 años caminan calle abajo vestidas con zapatos de tacón, minifaldas y camisetas atadas al cuello. Van vestidas como si estuvieran en Torremolinos. Tienen que ser islandesas. Hace 12 grados de temperatura y todos los extranjeros llevamos chubasquero.

Eso es precisamente lo que llevo puesto a la mañana siguiente cuando subo al avión de hélice que se dirige a Akureyri, en la costa norte y en el extremo sur del fiordo más largo de Islandia. Mientras iniciamos el descenso veo por la ventana el paisaje más imponente, desolador y hermoso que he visto nunca. Cráteres rocosos y largas y gigantescas cimas de lava negra y desnuda, que alternan con largos dedos de hielo. Deshabitado e inhabitable, como el 90% del país. Pero descendemos bajo las nubes y el espectáculo se vuelve verde, todo lo verde que puede llegar a ser Islandia, y, mientras se preparan las ruedas para el aterrizaje, veo caballos pardos y manchas blancas que son ovejas. Del borde del fiordo, de forma completamente anómala, sale un barco de pasajeros enorme, un ferry -según me entero en las tiendas de recuerdos de la ciudad lleno de jubilados estadounidenses. Estamos prácticamente en el fin del mundo y, sin embargo, descubro que Akureyri tiene su propia orquesta sinfónica, su propia universidad y un gran hospital que atiende también a los enfermos en la parte oriental de Groenlandia. Cuenta además con bares que sirven lattes, capuchinos y macchiatos –la aportación más reciente de Italia a la globalización- y más camareras que hablan inglés a la perfección.

Alquilo un coche y conduzco durante media hora hacia el norte, por el borde occidental del fiordo, hasta llegar a Arskogssandur, donde dejo el coche y tomo el ferry a la isla de Hrisey. Aquí tengo una cita con un autor islandés que, según me han dicho, puede ofrecerme una visión de Islandia más cáustica que la que he recibido hasta ahora. Empezaba a preocuparme, después de tres días de visita, que estuviera creándome una imagen demasiado rosa de esta remota isla; que no estuviera cumpliendo mi deber periodístico de tener en cuenta todos los puntos de vista.

Sin embargo, el panorama desde el ferry, una pequeña embarcación blanca que llega a la isla de Hrisey en 15 minutos, es tan sobrecogedor’ que elimina de mi cabeza cualquier idea baldía de objetividad o equilibrio. Me rodean un mar de cristal y unas montañas de pendientes verdes–de todos los matices de verde imaginables- que bajan suavemente hacia las aguas de azul intenso o muestran un brusco descenso en rocosos acantilados de vértigo. Una línea de nubes corta las montañas por la mitad, y lo que se ve por encima de ellas pertenece a un escenario totalmente distinto: cimas desnudas, oscuras, de contornos redondeados, manchadas de glaciares blancos, que producen el efecto de un cuerpo de caballo de color blanco y marrón. A través de la lente de este aire puro y esta luz islandesa fotogénicamente perfecta, el espectáculo es inmenso y majestuoso. Haldor Laxness, un escritor del que no me avergüenza decir que no había oído hablar jamás antes de ir a Islandia, es un novelista y poeta que obtuvo el Premio Nobel en 1955, fundamentalmente por una obra épica -la novela islandesa por excelencia- llamada Gente independiente, y ha escrito con más pasión que nadie sobre el paisaje extraterrenal de su país. Como revela este fragmento de un libro titulado Luz del mundo: “Donde el glaciar se eleva hacia el firmamento, la tierra deja de ser de este mundo y se vuelve celestial; allí no puede haber penas, de modo que ya no es necesaria la alegría sólo manda la belleza, más allá de todo reclamo”.

Fuente: EL PAIS; martes 22 de agosto de 2006