Blade Runner

De: http://www.xlsemanal.com/web/firma.php?id_edicion=2547&id_firma=4791

Autor: Juan Manuel de Prada

Tras su paso por los festivales de Venecia y Sitges, los aficionados (aunque, tratándose de Blade Runner el objeto de nuestra afición, me temo que el término resulta demasiado pálido: más bien convendría decir obsesos, maniacos) aguardamos con impaciencia el lanzamiento comercial en DVD y demás formatos digitales de la obra maestra que Ridley Scott dirigiera hace ya 25 años, remasterizada y en una nueva versión que se nos asegura definitiva. No parece, sin embargo, que en esta nueva versión se hayan introducido cambios sustanciales respecto a la Director’s Cut en la que descubríamos que Deckard (el protagonista encarnado por Harrison Ford) era en realidad un replicante. Siempre pensé que este ‘rasgo de autoría’ incorporado por Scott a su versión más personal de la película la empeoraba: resulta más desesperadamente hermoso que un Deckard humano se fugue con la replicante Rachel (Sean Young), sabiendo que es una máquina con fecha de caducidad, sabiendo que su amor es insensato y condenado a la desolación; desde el momento en que Deckard se convierte también en replicante, su amor por Rachel no deja de ser una razonable solidaridad entre congéneres. Una de las fascinaciones que nos procura Blade Runner es su condición de inagotable venero de interpretaciones; y, desde luego, en la preferencia por una u otra versión hay opiniones para todos los gustos. Con el lanzamiento de la versión definitiva de la película se nos anuncia también un documental de ¡tres horas y media!, titulado Dangerous Days, que a buen seguro no se bastará a dilucidar todas las especulaciones, curiosidades y comeduras de tarro que el aficionado (perdón, quiero decir obseso, maniaco) de Blade Runner rumia incansablemente, día tras día.

A quien esto firma, las más excitantes comeduras de tarro se las ha procurado el personaje de Roy Batty, el cabecilla de los replicantes rebeldes, interpretado por el actor holandés Rutger Hauer. Hay en ese personaje una aureola trágica, desaforadamente trágica, que lo entronca con Prometeo, aquel mortal que osó robar el fuego a los dioses, buscándose su perdición. Cada vez que Rutger Hauer aparece en la pantalla la película cobra un aliento de avasallador, feroz lirismo, algo así como si en mitad de la pantalla se abriera un abismo donde pelean ángeles y demonios, despedazándose como leones hambrientos, pero también prestos a convertir su zarpazo en caricia y su rugido en elegía. Sobre el célebre monólogo del replicante (uno de esos momentos que ya han ingresado en la mitología del celuloide, como la despedida en un aeropuerto inundado por la niebla en Casablanca o el juramento de Scarlett O’Hara en Lo que el viento se llevó) se han escrito millares de páginas; paradójicamente, la belleza funeral, exacta, de su penúltima frase –«All those moments will be lost in time, like tears in rain»–, fue propuesta a Ridley Scott por el propio Rutger Hauer en el momento mismo en que se rodó la escena, sustituyendo a una larguísima retahíla de frases más o menos vacuas o saturadas de jerga científica que incorporaba el guión. Scott aceptó la propuesta del actor –a quien, sin duda, las nueve musas habían visitado en tropel la noche anterior– y así podemos conmovernos y anegarnos de belleza con unas palabras que no admiten parangón, mientras el frío hálito de la muerte se infiltra en la respiración del replicante y un cielo arrasado por la lluvia ácida y la propaganda de neón acoge su alma. ¿He escrito alma? Sí, de algún modo, la película nos está sugiriendo que el replicante tiene alma: a la postre, el personaje de la película que ama con más denuedo la vida, el personaje que es capaz de saborear las bellezas irrepetibles que han desfilado ante sus retinas, el personaje capaz de experimentar compasión hacia su enemigo más enconado, es ese replicante que expira mientras la paloma que resguardaba entre sus manos ya inertes vuela hacia lo alto, como un alma ebria de la luz que ha dejado de iluminar el mundo.

«Time to die», concluía Rutger Hauer su monólogo. Yo espero que el mío no llegue antes de haber vuelto a ver cincuenta o cien veces esta gloriosa película. Y aun espero que, allá donde las almas anidan, pueda seguirla viendo por toda la eternidad, desembarazado al fin de los apremios que convierten nuestra andadura por la tierra en algo parecido a la agónica existencia de replicantes con fecha de caducidad.