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Islandia 05. El laboratorio humano

El presidente de Islandia, Olafur Ragnar Grimsson, me contó una anécdota sobre el actor estadounidense Seinfeld. Hace cuatro o cinco años, en los momentos de más éxito mundial de la serie norte­americana del mismo nombre, Seinfeld entro en un restaurante de Reykiavik y pidió una mesa para él y sus amigos y otra para sus guardaespaldas. “El cocinero se negó a servirle y le ordenó que se fuera del restaurante”, dijo el presidente. Grimsson.

¿Por qué? “Fue una cuestión de principios”, sonrió el presiden­te, un señor venerable, con aspec­to de rey. Para empezar, el cocine­ro se sintió ofendido por la idea de que pudiera considerar nece­sario llevar guardaespaldas en un paísque se enorgullece, con razón, de tener fama de seguro; en segundo lugar, laidea de que el actor y sus guardaespaldas se sentaran en mesas separadas re­sultaba fuera de lugar en Islan­dia, que se considera una socie­dad sin clases.

La anécdota es tan simpática como la falta de medidas de segu­ndad, o cualquiercosa vagamen­te parecida, cuando voy a visitarle en su residencia oficial deReykiavik. Llego a la casa y me acer­co conduciendo por un largo ca­mino hasta la entrada principal. Llamo a la puerta y abre una joven. Le digo quien soy y ellame cree. Sin pedirme ninguna identificación. Mi única obligaciónn es firmar en elLibro de Visi­tas. Después, se abre una puerta y sale un hombre alto, elegante y sereno, con el cabello blanco y la mano extendida.

Es mi ultimo día en Islandia y he estado esforzándome para encontrar algo malo que decir sobre el país, un argumento pa­ra refutar a la primera persona a la que entreviste, la madre del futbolista Eidur Gudjohnsen, que declaró que Islandia era el mejor lugar del mundo. Sólo hay tres posibles defectos, que yo haya visto.

Uno, el tiempo, que cambia con una perversidad enorme, además de que, aunque no hace mucho más frío que en Madrid en invierno, nunca hace calor.Y además, la oscuridad en invier­no. Pero todo el mundo me decía que le gustaba, sin excluir el inmigrante iraní con el que hablé.

Fallo número dos: el síndrome del nuevo rico. Varias perso­nas con las que he hablado se han referido con repugnancia a lo que consideran el ansia nacio­nal de comprar el último objeto de deseo consumista: teléfonos móviles, cocinas, coches. Pero la verdad es que, en comparación con las nuevas fortunas en otrospaíses, los islandeses no se com­portan con especial ostentación, al menos fuera de casa.

Fallo número tres: la cultura de la borrachera. Si Reykiavik se ha ganado la famade ser un cen­tro de marcha los fines de sema­na es por algo, como pude vercuando salí un sábado por la no­che, acompañado por un joven veterano de la vida nocturna. Fuimos a media docena de bares a lo largo de la noche, que terminó (en mi caso, no en el suyo) a las cinco de la mañana del do­mingo; a esahora había más gente deambulando por el centro de Reykiavik que en ningún otro momento de la semana. Y la mayoría de ellos, borrachos -aunque no agresivos, ala inglesa-.

En Reykiavik hay un hospital puntero mundial en el tratamien­to de adicciones. Se llama Vogur Hospital, y el médico que lo diri­ge es Thorarinn Tyrfingsson, que me ofrece un dato escalofriante: el 9,6 % de los varones mayores de 15 años islandeses ha recibido tratamiento en su hospital. Le pregunto si eso significa que, por debajo del barniz islandés de prospera igualdad y familias felices (nosoy el primer extranjero que advierte que los adolescentes parecen llevarse curiosamente bien con sus padres), se oculta algún espantoso secreto tribal. El doctor Tyrfingsson –un hombre delgado, de sesenta y tantos años, con el cabello rubio y juve­nil; el prototipo del islandés segu­ro y tranquilo que he conocido en supaís- sonríe y me asegura que no. En primer lugar, dice, el dato es comparable alas cifras del norte de Europa y Estados Unidos. “Pero, además, el que tanta gente se atreva a someterse a tratamiento es indicativo de lo abierta que esnuestra sociedad, la ausencia del estigma que se ve en otros lugares”. Aquí, además, el tratamiento de desintoxicación y rehabilitación es totalmen­te gratuito,financiado en su ma­yor parte por el Estado y; como dice el doctor Tyrfingsson, “adisposición de todos y todas las ve­ces que sea necesario”.

Cada vez que parece que he encontrado algo que se aproxi­me a una debilidad enel sistema islandés, resulta que tiene otra cara la moneda. Más bien no dejo de encontrar cosas nuevas que asombran. Por ejemplo, lo que me cuenta el doctor Tyrfingsson de la base de datos, única en el mundo, que posee Islandia.

EI hospital Vogur ha recibido fondos de la Unión Europea pa­ra financiar las investigaciones más de vanguardia que hay so­bre las adicciones. Los ha recibi­do, superando a naciones como Alemania, en parte porque las cifras de éxito que ha logrado no tienen igual: el índice de recuperación entre los que ingresan por primera vez en el hospital es del 60%. Pero hay más. “Nuestra ventaja”, dice el doctor, “es que, mientras otros emplean ratas, no­sotros utilizamos una gran base de datos de seres humanos, las mas de 18.000 personas que han pasadopor el hospital”, dice el doctor. “El valor científico de to­do eso se incrementa,además, porque en Islandia existe una documentación genealógica sin equivalente en el mundo”. El Libro de los islandeses, título de di­cho documento,se apoya en mi­nuciosos registros eclesiásticos de los nacimientos,matrimonios y muertes, y permite a la mayoría de los islandeses rastrear su lina­je hasta hace mas de 1.000 años. Toda la información se guarda en una enorme base informática a la que pueden acceder, median­te una contraseñaprivada, todos los habitantes del país.

Islandia, me dio la impresión desde el momento en que llegué, es’ una especiede laboratorio humano gigante. Allí arriba en el océano Atlántico, aislado y aleja­dodel resto del mundo, es como una gran burbuja de aire puro en la que se llevan acabo experi­mentos sobre como mejorar la especie. “Es interesante lo que di­ce”,afirma el presidente Grims­son en el estudio de esa residen­cia oficial tan estupendamente vulnerable. “En enero tuvimos de visita al arquitecto Norman Foster y a su mujer española, Ele­na. Al irse me dijo: “Tengo la sensación de haber conocido la sociedad del futuro”.

Quizá no sea el país más rico del mundo, o el más seguro, o el más saludable, oel más innova­dor,  el más culto, o el más vivo y de gente más atractiva que to­dos y cada uno de los demás países del mundo; pero ningún otro reúne todas estas cualida­des juntas y en estado tan puro.

EI milagro islandés segura­mente no se podría reproducir, o por lo menos no en mucho tiem­po, en un país mayor y de más complejidad histórica. La suerte que tiene es en ser parte de Euro­pa, y de cierto modo también de Estados Unidos, pero de haber nacido como nación tras ganar la independencia de Dinamarca hace apenas medio siglo. Los is­landeses empezaron su viaje a la modernidadcasi desde cero. O, en cualquier caso, a partir de ocho siglos en los que no había ocurrido prácticamente nada de interés para los historiadores. Por eso no carga con el bagaje cultural, religioso, político y tri­bal (en el sentido más amplio del término) que otras naciones han ido acumulando a lo largo de los siglos. No arrastra un legado emocional -odios, complejos, envidias- que impide llegar asoluciones sensatas, que sirven el bien común. Islandia ha logrado organizar su sociedad con una sensatez extraordinaria; ha con­seguido crear un clima empren­dedor e innovador en el que el precio del fracaso no es la pobre­za, como podría ocurrir en Esta­dos Unidos; sino la tranquilidad que da una red de seguridad so­cial que garantiza la comida y la vivienda a todo el mundo mien­tras viva, que cuida de sus hijos y les ofrece una sanidad y una educaciónn de primera categoría.

“EI motor de la economía del siglo XXI lo constituyen la crea­tividad y el poder del cerebro”, dice el presidente Grimsson. “La creatividad es el recurso más va­lioso. Aquí florece no sólo por nuestro Iegado cultural, sino por­que somos pequeños. Somos co­mo la Florencia o la Venecia del Renacimiento. Las gentes que se dedican a las artes, la banca, la tecnología, se relacionan unas con otras, se nutren intelectual­mente entre sí y crean un entor­no competitivo y creativo”.

La persona que más parece encarnar -de manera casi exa­gerada- todo lo que dice el presidente Grimsson resulta ser la última a la que entrevisto antes de abandonar Islandia. Es un personaje desmesurado, una ca­ricatura o; mejor dicho, un epito­me, y se llama Kari Stefansson.

Nos encontramos en su ofici­na, un despacho aireado y espa­cioso en una esquina de un mo­derno edificio en el que trabajan 300 personas (además de otras 150 en Estados Unidos), sobre las que preside como un rey me­dieval impredecible, amenazador y erudito. Entro y está sentado en una silla oscilante, de espaldas a la puerta, y me habla como un personaje de cine -como el Doc­tor No en James Bond-, sin vol­verse. Cuando lo hace, veo la fi­gura de un hombre de piel rosá­cea, espesa cabellera nevada y bar­ba a juego. Lleva una camiseta negra, que, realza unos hombros excepcionalmente anchos y unos brazos musculados con esfuerzo. Tres minutos más tarde, se levan­ta (para coger de un armario un regalo para mi, un ejemplar en cuero de las sagas islandesas com­pletas) y veo que mide, por lo menos, dos metros. En otras pala­bras, parece salido de una saga.

Es Gunnar (el mayor guerre­ro islandes), o Grettir el Fuerte, o quizá es Egil, que tiene una saga que lleva su nombre y al que Stefansson se refiere en va­rias ocasiones durante la hora y media que pasamos juntos. Egil era más alto y más fuerte que los demás hombres y tenía el cráneo más grande. Nadaba grandes dis­tancias en aguas heladas, con sus armas atadas a la espalda. Era brutal, vengativo, y escribía poesía. Como Kari Stefansson, que también la escribe, y que es segu­ramente el hombre más brillante de Islandia, lo más parecido a un verdadero hombre del Renaci­miento, con la misma energía y el mismo talento para las cien­cias que para las artes.

Stefansson, que es cinturón negro de judo, estudió y enseñó medicina durante 15 años en la Universidad de Chicago, y luego fue cinco años catedrático de neuropatología en la Facultad de Medicina de Harvard. Después volvió a su país para crear una empresa que es lider mun­dial en biotecnología y que está adentrándose más que nadie en la investigación sobre los genes humanos. EI nombre de Ia com­pañía es DeCODE. Tiene varias ventajas sobre sus rivales: la in­comparable información genealógica que proporciona el Libro de los islandeses; la población ex­traordinariamente homogénea de Islandia, que constituye un ex­celente grupo de conejillos de in­dias, porque permite a los científicos, aislar más fácilmente los ge­nes que transmiten las enferme­dades, yel inmenso ego de Kari Stefansson. “La mayor parte de los grandes descubrimientos mundiales sobre los genes proce­de de nosotros, de esta pequeña isla”, dice. ¿Por que? “Porque la información que tenemos es magnifica y los científicos que vi­ven en este edificio son magnífi­cos”.

EI objetivo de DeCODE, em­presa en la que Stefansson es a la vez presidente y consejero delega­do, es aplicar sus descubrimien­tos de genética humana al desa­rrollo de fármacos para enferme­dades comunes como los infar­tos y el asma. Es decir, “esta pe­queña isla”, habiendo ya logra­do conquistar lo más cercano que se ha visto al paraíso en la tierra, es ahora el laboratorio en el que la humanidad trata de bus­car algo que se aproxima a la clave de la vida eterna.

¿De dónde nace semejante ambición? “Hay una diferencia entre el científico monótono que documenta de forma meticulosa la naturaleza y el científico verda­dero”, dice Stefansson. “EI científico verdadero tiene una historia que contar. EI científico verdade­ro es creativo”. Está claro que habla de sí mismo, así que Ie pre­gunto como se logra llegar a ese estado tan envidiable. “La mejor forma de ser creativo”, declara, “es leer. EI lenguaje es el instru­mento de las ideas. La mejor for­ma de enseñar a la mente a pensar es la buena literatura. Yo lea entre 50 y 60 novelas al año y entre 30 y 40 libros de poesía”.

Lo que esta diciendo es lo mis­mo a lo que se refería el presiden­te Grimsson cuando hablaba del poder que tiene el mutuo enri­quecimiento cultural en lasocie­dad islandesa, esa mezcla leonar­diana de pensamiento científico y artístico. Stefansson se pronun­cia más durante nuestro encuen­tro sobre arte que sobre ciencia. En vez de hablar sobre su traba­jo en genética, pasamos casi to­doel tiempo hablando de Jorge Luis Borges, de Shakespeare, de Pablo Neruda, de Joseph Con­rad y de Gabriel García Már­quez (“Ios escritores de las sagas parece que lo han leído”) -cu­yas obras evidentemente se cono­ce como si fuera un profesor uni­versitario de literatura-.

Hablando de las sagas, Ie pre­gunto (porque imagino que se habrá reproducido con tanta prodigalidad como los héroes de aquellas historias) cuantos hijos tiene. “He perdido la cuenta. Los islandeses perdemos la cuen­ta del número de hijos y el núme­ro de divorcios”. Y aparte de eso, al islandés, ¿cómo lo define?

Para empezar, dice, es una persona como él, y como la mayoría de los guerreros de las sa­gas, que viaja al extranjero, vive aventuras y regresa. ¿Por qué to­dos acababan regresando? “A lo largo de los siglos hemos evolu­cionado paraadaptamos a este entorno”. ¿Los genes marcan el destino? “Exacto”. ¿Qué máses un islandés? “Vivimos desde ha­ce 1.100 años en una naturaleza extrema y exigente, aunque asombrosamente bella. Para so­brevivir tuvimos que luchar con­tra el frío y la oscuridad en una tierra en la que la agricultura se reduce a criarovejas y alguna que otra vaca. Y sobrevivimos la mayor parte de esos 1.100 años, aunque fuimos espantosamente pobres hasta hace 40. Cuando yo era niño, no veíamos fruta. Siempre me quedaba con ham­bre, salvo en Navidad. Siempre nos hemos considerado duros y curtidos; pero, pese a ello, hemos creado una cultura peculiar basa­da en el amor a la literatura. Eso es un islandés”.

Stefansson abandona el aire irónico, intimidatorio, que te­nía la mayor parte del rato, y se expresa con sincero orgullo. Es un tipo duro, un científico y tal vez incluso un genio, pero es además, y no se avergüenza de ello, un patriota. No en el senti­do competitivo, rozando la pa­ranoia, del típico nacionalista, sino de forma sana y confiada.

Gudjohnsen me había habla­do emocionado de su apego a la tierra islandesa; había obser­vado muy bien que Islandia es un país pequeño que se cree grande. Recuerdo también sus palabras de despedida, y ahora que he estado en Islandia com­prendo mejor el orgullo que ha­bía detrás de ellas. Yo Ie había dicho, mientras nos dábamos la mano, que para él iba a ser divertido jugar con los grandes futbolistas del Barça, con Ronaldinho, Eto’o, Messi. “Sí”, respondió mirándome con una sonrisa helada, digna del mismísimo Grettir el Fuerte. “Y para ellos también”.

 

Fuente: El País, viernes 25 de agosto de 2006

Islandia 04. Una tribu sin complejos

John Carlin

A los pocos minutos de conocer a Baltasar Samper, me confía el secreto más doloroso de su niñez. Este hombre enérgico, de boina negra y barba blanca, me recoge en mi hotel del centro de Reykiavik en una pick-up todo terreno y me lleva a su casa. Durante el camino me cuenta que nació en Barcelona en 1938, mientras el ejército de Franco se disponía a irrumpir en la ciudad. Dado que su familia era conocida por haber pertenecido al bando republicano, de niño tuvo que convivir con insultos y con el miedo. Pero eso no fue lo peor. Cuando tenía 14 años se descubrió que su madre mantenía una relación amorosa con el médico de la familia. El padre de Samper, tan atrozmente humillado como era de esperar que se sintiera un hombre en la España burguesa de 1952, trató de suicidarse con una sobredosis de pastillas. A su mujer no le dejaron visitarle en el hospital porque la policía sospechaba que podía tratarse de un caso de intento de asesinato, de modo que sólo podía ir a verle el joven Baltasar. Al salir del coma, el padre levantó la vista desde la cama, vio al chico y le soltó: “Vete a la mierda, ¡hijo de puta! ¡No quiero verte nunca mas!”.

 

Aquella fue la ultima vez que Baltasar Samper vio a su padre, las últimas palabras que le oyó decir. Porque el padre desapareció y la familia nunca volvió a verle. Pasaron décadas hasta que llegó la noticia de su muerte, y entonces la madre pudo, por fin, casarse con el médico, el gran amor de su vida.

 

No es extraño que, en plena dictadura franquista y un trauma como ése pesándole en la vida, Baltasar se fuera de España en cuanto pudo. Y se fue lo más lejos posible. Por una curiosa serie de coincidencias, acabó un día en la ciudad de Akureyri, en el norte de Islandia, a bordo de un pesquero de arrastre. Pasó varios meses pescando arenques en el océano Ártico, recuerda que ganó mucho dinero; volvió a Reykiavik, conoció a su futura esposa y se estableció, para el resto de sus días, en Islandia, donde se ha convertido en un pintor de renombre.

 

Llegamos a su casa, sobre un fiordo a las afueras de la capital islandesa, y nos sentamos a tomar un café con su mujer, Kristjana, una c1asica islandesa alta de ojos azules, también artista. Baltasar Samper debería haber quedado marcado para siempre por la experiencia con su padre. Sin embargo, este padre y abuelo de varios nietos es la imagen de la tranquilidad y la satisfacci6n. Me ha contado su terrible historia nada más conocerme como un gesto liberador, para mostrar al visitante que viene de España hasta qué punto está limpio del viejo trauma, qué liberadora fue su huida a Islandia.

 

“En cuestión de relaciones familiares, Islandia es muy especial en comparaci6n con todos los demás países que conozco”, dice Samper. “Si lo comparo con mi experiencia cuando era joven en la España de Franco, es la noche y el día. Aquí, ser madre soltera no soló no es un problema, es lo normal. Divorciarse y volverse a casar, incluso entre amigos, no causa ningún problema social. En las fiestas se reunen hijos de distintas parejas, con todos los padres presentes, y se considera normal. No es el drama español”.

 

Cita como ejemplo el caso de su hijo, Baltasar Kormakur, en otro tiempo el actor favorito de las mujeres islandesas y hoy un director cinematográfico de éxito. Cuando visité a Baltasar hijo en su hogar de Hofsos, en un fiordo en la parte norte de Islandia, su mujer Lilja y él tenían con ellos a cuatro hijos, de los cuales sólo dos son comunes. Hay además un quinto hijo, el que tuvo anteriormente Baltasar con otra mujer.

Cuando Baltasar y Lilja se conocieron (casualmente, en Barcelona), ella ya tenía un hijo de otro hombre y el tenía una novia islandesa que estaba embarazada. Pero la relación con la novia anterior no tenía futuro y, antes de que naciera el niño, él se enamoró locamente de Lilja. Según recuerda Kristjana, la situación le resultó más difícil a Baltasar, que es medio español y se sentía culpable, que para Lilja, cuyo linaje impecablemente islandés se remonta a antes del año 1000 y se lo tomó todo como algo natural. (Lilja me dijo que una de las expresiones islandesas más comunes es: “Todo saldrá bien”). El resultado fue que Baltasar superó su sentimiento de culpa, el hijo de la novia nació, el se casó con Lilja, y juntos tuvieron otros dos hijos.

 

“Hoy”, dice Baltasar padre, “cuando la hija de Lilja, la que tuvo antes de conocer a mi hijo, cumple años, nosotros vamos. Y los abuelos de la niña por otra parte de Lilja, y su padre con los abuelos por parte de él, y mi hijo”. Lo mismo ocurre cuando es el cumpleaños del hijo que tuvo Baltasar con la novia anterior. “Y no piense ni por un momento que nosotros somos distintos, o raros”, insiste Baltasar padre. “La relación que tenemos en nuestra familia es la misma que tiene todo el mundo en Islandia”.

 

“Funciona porque todos estamos muy relacionados”, explica Kristjana. “Todos tienen algún tipo de parentesco con todos los demás. Pero también tiene que ver con la situación tan avanzada que han tenido tradicionalmente las mujeres en este país” (Islandia e1igió a la primera mujer presidenta del mundo, Vigdis Finnbogadottir, en 1980). “Siempre hemos sido muy independientes. Los vikingos se iban a otros países y las mujeres se encargaban de todo, y tenían hijos con sus esclavos y, cuando los vikingos volvían, los aceptaban. Cuantos más mejor”.

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Me recuerda una historia que me contó el obispo luterano Jon Baldvinsson en la ciudad universitaria de Holar, la Salamanca islandesa, en la región de Hofsos. Uno de sus predecesores en Holar, el último obispo católico antes de que se instaurara el protestantismo, se llamaba Jon Arannson. Luchó valerosamente contra el rey de Dinamarca que, contagiado por los aires procedentes de Alemania, había decidido abolir el catolicismo en Islandia, entonces una colonia danesa. Al final, Aranson cayó derrotado y el 7 de noviembre de 1550 fue decapitado. Tres siglos más tarde, cuando los islandeses empezaban a organizar seriamente la lucha para independizarse de Dinamarca, proclamaron a Aranson héroe nacional. Y lo sigue siendo, en cierta medida, todavía hoy. En cambio, la Iglesia católica nunca le ha asignado la condición de mártir que evidentemente merece. El motivo es que, en su vida privada, no fue ningún santo. Dos hijos suyos murieron decapitados con el. Cuando se fue a la tumba dejó atrás nueve hijos, por lo que hoy son muy numerosos los islandeses que descienden de él. “Incluso cuando Islandia era católica, sonríe el obispo Baldvinsson, “siempre estuvimos muy lejos del largo brazo de Roma. El celibato nunca llegó a echar raíces aquí”.

 

Tras más de una semana en Islandia necesito encontrar alguien que me explique cómo puede ser que el partido en el poder a lo largo de casi un siglo es un partido que se autodefine de derechas, el Partido de la Independencia. Nadie mejor que la primera ministra en funciones (el titular está de vacaciones), una mujer llamada Thorgerdur Katrin Gunnarsdotir con tres hijos pequeños; todo un reto, podría parecer, para una ministra del Gobierno.

 

Llego al ministerio, le digo a una señora en la recepción a quien deseo ver y ella me indica, sin preguntarme quien soy, que suba al tercer piso y gire a la izquierda. Al final de un pasillo me encuentro con una rubia escultural de cabello largo, grandes pendientes de oro, los labios pintados de rosa, una blusa bordada de color crema, chaqueta corta de cuero, falda de volantes que hacen swush-swush al andar y botas altas de ante. Podría ser una modelo o una estrella del cine nórdico. Es la primera ministra en funciones, la habitual ministra de Educación, Ciencia y Cultura, además de número dos del partido gobernante.

 

Me parece raro, le digo, conciliar el tipo de sociedad que he encontrado en Islandia con el hecho de que su partido es, en teoría, aliado internacional del Partido Republicano en Estados Unidos, y del Popular en España. “Si, pero una cosa es la derecha en el resto de Europa y Estados Unidos y otra cosa es la derecha aquí”, responde la señora Gunnarsdottir. “Estamos a favor de bajar los impuestos a las empresas, desde luego, pero en otros aspectos importantes somos muy distintos”. Lo creo. ¿Cuántos partidos de derechas hay en el mundo que hayan propuesto leyes para autorizar el matrimonio entre homosexuales, no este año, ni el pasado, sino hace una década? “A eso me refiero”, sonríe… Y no creo que muchos estén a favor de un sistema de bienestar basado en dedicar prácticamente todo el dinero de nuestros impuestos a la salud y la educación. Y a las familias. También nos diferenciamos de la derecha convencional en nuestra actitud sobre el permiso de maternidad”.

 

Gunnarsdottir explica que en el año 2000, y con el respaldo de todos los partidos islandeses, se aprobó una ley que otorga nueve meses de permiso de maternidad: tres para la madre, tres para el padre y tres para los dos juntos, con el 80% del sueldo. “Nos cuesta mucho dinero, pero merece la pena. Tenemos una situación en la que el 90% de las mujeres islandesas ocupa puestos de trabajo de jornada completa. Ha cambiado por completo el debate sobre la igualdad de las mujeres y se ha convertido en algo que exportamos. Los Gobiernos de otros países están siempre preguntando a nuestro ministro de Asuntos Sociales cómo lo hacemos”.

 

Lo que ocurre, en parte, es que no se trata tanto de una cuestión de legislación como de cultura. Un motivo por el que, al llegar a Islandia, me sorprendió el número de mujeres jovencísimas que estaban embarazadas o con un bebé, es que no sólo es absolutamente normal tener hijos cuando se es muy joven, es que las mujeres que los tienen por su cuenta no padecen ningún estigma social. Eso significa que, con frecuencia, las mujeres tienen sus hijos cuando están todavía en la Universidad y, cuando terminan sus estudios, están listas para dedicarse a su carrera, al contrario de lo que hacen hoy con grandes dificultades la mayoría de las mujeres en Europa. El sistema funciona en Islandia, en gran medida, gracias a los abuelos. Son jóvenes y, por tanto, capaces de participar mas activamente en la tarea de criar niños pequeños.

 

Pero esto no explica cómo Gunnarsdottir se las arregló cuando nació su pequeña, que hoy tiene tres años. “Si”, dice. “Mi hija nació en julio de 2003, y fue precisamente por esa época cuando la primera ministra me nombró ministra de Educación”. ¿Cómo? ¿Y asumió el puesto inmediatamente? “No, no. Pedí un permiso de cinco meses y empecé en el ministerio el 1 de enero de 2004. Todavía amamantaba a la niña, pero todo resultó más fácil gracias a que mi marido, que trabaja en uno de nuestros mayores bancos, dejó su puesto durante cuatro meses para facilitar la transición con los niños en casa”.

 

Le cuento mi conversación con Baltasar Samper y lo increíblemente desacomplejadas que encuentro las relaciones entre familias multiparentales que en otros países se considerarían rotas, caóticas, perdidas. “Creo que los islandeses estamos en cabeza en relación con las familias y los hijos. Tenemos una cosa muy clara; cuando hay niños por medio, hay que poner todo lo demás de lado. Y tiene razón en lo que dice de los complejos. No tenemos ninguna timidez entre nosotros. Estamos todos relacionados, de una forma u otra, y hacemos lo que es natural, nos ayudamos mutuamente. No nos avergüenza ser nosotros mismos”.

 

Se me ocurre que tiene algo de africano esta actitud islandesa respecto a los niños (idea, por cierto, que le gusta a la señora Gunnarsdottir). Que Islandia, con toda su modernidad, es un país que conserva una
fuerte esencia tribal. Y en el que Dios pinta bastante poco. Lilja Palmadottir, la nuera de Baltasar Samper, me había confirmado la impresión de que la religión desempeña un papel muy pequeño en la vida cotidiana al señalar que sigue vigente “la tradición pagana”, vikinga y precatólica.

 

Comprendo todavía mejor la sensación de refugio, de santuario, que debió de encontrar Baltasar Samper en Islandia. Esta sociedad es lo más distinto que pueda imaginarse a la España de Franco… O al Irán contemporáneo. Por eso siento curiosidad por conocer a Hamid Moradi, un iraní que emigró a Islandia hace 20 años, cuando aún vivía el ayatolá Jomeini. “Fue un primo en Berlín quien me sugirió que viniera a Islandia. Mi respuesta fue: ‘¿Dónde demonios está eso?”, recuerda Moradi durante una larga charla que mantenemos en el café Paris de Reykiavik. Y, sin embargo, vino, encontró trabajo en una fábrica y se quedó. “Llegue en invierno, y todo estaba oscuro. Creí que había ido a parar a la Luna”. Pero Moradi, que tiene 42 años y es carpintero, se sintió muy pronto cautivado por su país de adopción. Un año después de su llegada se casó con una islandesa, con la que estuvo casado 14 años y tuvo dos hijos. Dada la región del mundo de la que procede, y que visita una vez al año, valora enormemente la seguridad y la tranquilidad de Islandia. “Siempre le cuento a la gente en Irán una historia que fue noticia de portada aquí hace un tiempo. Fue el caso de un policía que detuvo el trafico para que unos patos pudieran cruzar la calle. Pusieron una gran foto en el periódico. ¡En los tiempos que corren, sobre todo, es fantástico!”

 

Moradi ha tenido varias novias islandesas desde su divorcio, hace cuatro años, pero hace poco dio un paso audaz e inesperado. Se casó con una iraní en Irán. Su nueva esposa llegó a Reykiavik hace un par de meses. Es difícil concebir un choque cultural mayor. “La mayor parte del tiempo está en casa, y empieza a salir gradualmente, a conocerlo todo poco a poco. El otro día fuimos a un restaurante por primera vez y le sorprendieron las mujeres”. ¿Cómo vestían? “En parte eso, pero, sobre todo, que en una mesa había media docena de mujeres en un grupo, comiendo -y bebiendo- y haciendo mucho ruido”.

 

¿Por qué no se ha casado con una de sus novias islandesas? “Porque aquí la gente no se toma el matrimonio como un matrimonio. Pensé que, si me casaba con otra islandesa, de aquí a un par de años, seguramente acabaríamos divorciados. Aquí la gente es muy informal. En la clase de mi hijo en el colegio, de 40 niños, 38 o 39 tienen a sus padres divorciados. Tengo 42 años y esta vez quería hacerlo como es debido. Por eso fui a buscar una esposa a Irán”.

 

Moradi está sugiriendo que quizá han ido demasiado lejos en la actitud tribal y sin restricciones que mantienen respecto al amor y el sexo. Que quizá tienen algún valor las normas, un grado mayor de control. “Esa es una conversación digna de un buen debate”, dice. Un debate que Moradi tiene consigo mismo. Porque no niega que la forma islandesa de hacer las cosas le atrae poderosamente. Especialmente por lo que respecta a los niños. “Mi ex mujer está con un tipo que tiene tres hijos”, dice Moradi. “Los cinco, los de el y los nuestros, pasan mucho tiempo juntos. Yo me llevo muy bien con él. Y no digo que esté bien o mal, desde el punto de vista moral; pero tengo que reconocer que es estupendo para los niños”.

 

En cuanto a su nueva esposa, Moradi dice que, cuando llegó, acordaron que al cabo de tres años volverían a Irán. “Pero ya esta empezando a preguntárselo. Veo que no sólo le gusta Islandia cada vez más, sino que empieza a querer al país, como yo”.

Fuente: El País, jueves 24 de agosto de 2006

Islandia 03. Lo mejor de Europa y Estados Unidos

John Carlin

Mi abuela nació en 1900 y murió en 1998. En Islandia, eso significa que nació en la edad de piedra y murió en la era de los ordenadores. Hallgrimur Helgason, nacido en los años cincuenta, la edad de hierro islandesa, tiene otra imagen de su abuela para mostrar de qué forma tan drástica ha cambiado su país en el último siglo. “Nació en una cabaña de hierba y acabó su vida en un Toyota Land Cruiser”.

Las cabañas de hierba, llamada así porque los tejados están hechos de hierba y tierra apelmazada, son las casuchas de suelo de barro en las que solían vivir los islandeses de zonas rurales hasta la II Guerra Mundial. La abuela de Helgason, que no compraba zapatos sino que se los hacía de piel de oveja, no habría imaginado jamás, de joven, la abundancia de posibilidades que iba a tener su nieto en un país, que hoy posee la sexta renta per cápita más alta del mundo. Pintor, caricaturista, columnista de prensa, personaje audiovisual, novelista y, últimamente, guionista de cine, Helgason —que ha vivido en Nueva York y Paris— es la viva encarnación del estallido de actividad cultural que ha experimentado Islandia en años recientes.

Sin embargo, el libro que le ha dado fama, 101 Reykjavik me había hecho pensar que el hombre que iba a conocer era un ogro. No por falta de éxito —se ha traducido a una docena de idiomas y se ha convertido en una película protagonizada por Victoria Abril que ha obtenido premios internacionales—, sino por el tipo de libro que es. Ácido, sórdido… El personaje que encarna Abril es una bisexual promiscua que se enamora de la madre del protagonista, un joven en paro obsesionado por el porno, pero que se queda embarazada de él. La foto de Helgason en la solapa del libro —calvo, de ceño malhumorado— sugiere un hombre que disfruta llevando la contraria. El hecho de que hubiera elegido pasar el verano en la isla de Hrisey, a 500 kilómetros al norte de Reykiavik, en una de las latitudes más remotas habitadas por la humanidad, sólo servía para reforzar mi idea de que resulta ría el interlocutor ideal para rectificar la visión edulcorada del país que estaba encontrando por todas partes.

Pero mis expectativas se vieron defraudadas.

El Hallgrimur Helgason que me recibe es un hombre alegre que lleva gorra; empuja un carrito con una mano y saluda con la otra. En el carrito hay un bebé diminuto, su hijo. Hallgrimur y yo nos disponemos a almorzar con el bebé en el único restaurante de Hrisey (población, 186 habitantes). Deja el carrito con el niño fuera y nos sentamos en una, terraza del piso de arriba, desde donde podemos oírle pero no verle. Comprende muy bien mi gesto de preocupación, puesto que vivió en Nueva York entre 1985 y 1990 y en París entre 1990 y 1995. Pero me asegura que podría abandonar al niño en Reykiavik con la misma tranquilidad y sin la menor angustia por lo que pueda ocurrirle, como de hecho se hace habitualmente.

¿Fue por eso por lo que regresó? “En parte, pero, en aquella época, creo que fue más el entusiasmo sin precedentes por Islandia lo que me atrajo. En 1995 empecé a leer en los periódicos que Reykiavik se había convertido en el lugar más de moda de Europa. Así que volví y descubrí que, en efecto, en el plazo de 10 años, mi ciudad se había transformado en un sitio distinto”. Un pelín irónico, quizá, pero de cáustico, nada: Helgason es otro adorador más de su país, un tipo juguetón con ojos sonrientes y un aspecto, más que pugilístico, juvenil. Resignado a más efusividad patriótica, le pregunto cómo estaban las cosas en Islandia antes de que se fuera.

“En 1985 era como vivir en Europa del Este. Las calles estaban muertas. Un bar un restaurante, una emisora de radio que emitía música clásica todo el día. Teníamos coches rusos. La burocracia oficial te ponía muy difícil salir al extranjero”. Es difícil imaginar que esa Islandia existiera hace sólo 20 años. En Reykiavik, hoy, una de cada dos puertas corresponde a un restaurante, un café o un club. Abundan las galerías de arte, las tiendas de moda y los hoteles elegantes. Hay casi 100 libros islandeses traducidos a otros idiomas desde 1980 y se han rodado 60 películas; en los 20 años anteriores se habían rodado cero. Un país cuya población total es equivalente a la de Vigo se ha convertido en una caldera cultural en la que se celebran festivales anuales de arte y cine a los que acude gente de todo el mundo.

Tenía razón Olof Einarsdottir, la madre del futbolista del Barcelona, Eidur Gudjohnsen. La gran pregunta que tenía que hacer a los islandeses con los que hablase era cómo se ha producido esta efervescencia revolucionaria y por qué ahora. La respuesta, dice Helgason, la tiene la cantante más famosa del país. “Björk cambió todo. Viajó, halló fama y fortuna, y todos fuimos detrás. Los periódicos de Londres empezaron a escribir sobre nosotros, y entonces Damon Albarn, el cantante de Blur, compró un piso aquí, y luego vino hasta Zidane…”. (A Helgason, que le gusta el fútbol, el mero recuerdo le emociona). Desde entonces, no han dejado de venir famosos: Robert de Niro, Quentin Tarantino, Seinfeld, Clint Eastwood. Aunque tal vez no vendrían tantos si no fuera por lo que Helgason califica como el otro gran catalizador del cambio en Islandia, “nuestro Día de la Liberación, la caída de nuestro Muro de Berlín, el glorioso 1 de marzo de 1989: ¡el día en el que Islandia levantó la prohibición de beber cerveza! Parece una tontería; pero verdaderamente creo que nos sirvió de motor y nos ayudó a conectar con el resto del mundo”.

La primera cabeza de puente ya estaba construida, desde la II Guerra Mundial. Gracias a los británicos, la abuela de Helgason empezó a llevar, por primera vez en su vida, zapatos propiamente dichos. “ a Dios que nos ocuparon ellos y no los otros!”, dice Helgason. “Pero ésa no fue más que una de las razones de que en Islandia sigamos hablan do con gratitud de la buena guerra. Construyeron casas y carreteras, trajeron dinero en efectivo. ¡Trajeron la civilización! Hasta entonces, la gente pagaba por las cosas principalmente con carne y lana. Los británicos, y luego el Ejército
de Estados Unidos, que instaló una base y se quedó, nos trajeron la modernidad”. Entonces, las cosas se paralizaron, a la manera de Europa del Este como decía antes Helgason. “Hasta que llegó el día de la liberación de la cerveza, y luego Islandia entró a formar parte del sistema de libre comercio europeo, y el Gobierno liberalizó la economía, y ahora… es como si toda la energía hubiera estado en ebullición bajo una tapadera y ahora hubiera explotado. De repente, nos hemos sumergido en el materialismo. No se ven en las calles coches que tengan más de dos años, ¡por no hablar de cómo estamos comiendo!”. Helgason contempla su plato un momento y dice: “Mi familia vivía razonablemente bien para lo habitual en Islandia, pero no entré en un restaurante hasta los 20 años. Y ahora mira, ¡mira!”.

Miro. Y constato que sí, tiene razón; Estamos comiendo espléndidamente bien. Acabo de terminarme una sopa de langosta que ni en París la harían más rica y estoy empezando el cordero más sabroso y tierno que he comido en mi vida. Brekka’s, el único restaurante de la isla, se ha mantenido al día de la revolución de Reykiavik. El joven chef lleva una boina tipo Che y una chaqueta anudada, como los cocineros tres estrellas Michelin. En el pecho lleva bordadas estas palabras: “Ellis Arnason: Chef de Cuisine”.

“¿Ves?”, dice Helgason, riéndose con los ojos, “¡el efecto Bjórk!”.

El Björk del mundo de los negocios es un billonario llamado Thor Bjórgólfsson que junto con su padre, a mediados de los noventa, se llevó una planta de embotellado que tenía en Islandia a Rusia y se hizo rico vendiendo cerveza y refrescos mezclados con alcohol. Su fortuna creció todavía más cuando vendió su negoció en Rusia a Heineken. Con los beneficios compró empresas en toda Europa, pero también hizo grandes inversiones en su país. Compró, entre muchas cosas más, la principal editorial islandesa, Edda. “Después de centenares de años aislados ha llegado nuestro renacimiento”, señala Helgasón, “y, como ocurrió en Florencia hace 700 años, contamos con nuestros patronos de las artes, nuestros Medici”. Los Medid islandeses, que son cada año más numerosos, estudian en d extranjero, pero tarde o temprano —como todos— vuelven a casa a vivir.

¿Por qué? “En parte, supongo, por lo seguro que es, porque la vida es fácil y buena para tener hijos. Otro motivo, más de fondo, es algo que hay en la naturaleza. El aire, la luz. Estamos sin acabar, el paisaje cambia delante de nuestra vista. Cada 10 años tenemos una erupción y aparece una isla o una montaña nueva, ¡y tenemos que encontrar les un nombre! Por eso creo que somos gente imaginativa”.

La geología es el destino, parece decir Helgason. Y lo que ha creado la geología en Islandia es de una belleza implacable. Monto en el ferry pira volver a la costa; allí me dirijo, en coche hacia el norte, doy un rodeo y bajo por el siguiente fiordo, más al oeste. Avanzo lento: cada curva es una fotografía obligatoria. Por el camino, me detengo en un pueblo llamado Olafsfjordur que apesta a pescado seco (un manjar de los viejos tiempos). Hay pocos lugares de la tierra más al norte en el que se encuentren asentamientos humanos. Doy con el único café del pueblo. Lo encuentro vacío. Toco una campanilla como de altar y aparece una chica de 19 años. Me atiende en un inglés perfecto, sin acento. También habla portugués. Empezamos a hablar y me entero de que la aventura extranjera que todos los islandeses parecen vivir obligatoriamente la llevó, en su caso, a Río ‘de Janeiro, donde pasó un año. Su mejor amiga está fuera ahora, en Perú.

Desde allí me acerco a la ciudad de Hofsos, a la orilla del fiordo y enfrente de una isla que es un monolito con la parte superior plana, una imponente fortaleza natural cuyos muros son precipicios y cuyo foso es el mar. La isla de Drangey. En una finca de caballos frente a Drangey vive el galán más importante de la breve historia del cine islandés, Baltasar Kormakur, con su bella y rica esposa, Lilja Palmadottir, y sus diversos hijos.

La pareja es un anuncio viviente de la nueva Islandia. Trascomenzar como actor cuando interpretó a Shakespeare en el teatro y papeles románticos en el cine y la televisión, el Rodolfo Valentino de Reykiavik es ahora director. La revista Variety, de Hollywood, le calificaba en 2001 como uno de los 10 “talentos más prometedores” del mundo. Dirigió 101 Reykjavik, que se ha visto en 80 países. Ahora está trabajando en varios proyectos de cine y en febrero del año que viene va a dirigir una obra de Ibsen, con actores islandeses, en uno de los principales teatros de Londres. Hijo de un pintor catalán que emigró a Islandia en los años sesenta, dirige su propia compañía, Blueeyes Productions, junto a su mujer, una escultora y artista formada en Nueva York y Barcelona, Kórmakur, que tiene 40 años, dice lo mismo que Helgason, que todos. “De O a los 20, no pasó nada. De los 20 a 40 hemos vivido un cambio explosivo”. ¿Cómo? ¿Por qué? “Porque siempre tuvimos esa capacidad”, dice su mujer orgullosa de la historia de su país. “Los primeros colonos que vinieron en 874 eran gente dura y rebelde, huida de Noruega por motivos políticos.

Eran personas que valoraban su independencia y que se quedaron en Islandia desafiando un tiempo terrible, oscuridad, una tierra difícil de trabajar y terremotos”. Personas, dice Palmadottiir, como las que describía el libro islandés clásico, Gente Independiente, de Haldor Laxness.

“Aquellos hombres no tenían un carácter servil, ni se consideraban parte del rebaño común, escribía Laxness ganador del Premio Nobel en 1955, al definir a sus compatriotas. “Se valían por sí solos; la independencia era su gran capital… Eran hombres endurecidos por la lucha denodada para sobrevivir, hombres a los que ningún esfuerzo físico, ni siquiera el de pasar hambre con sus familias al final del invierno, podía amilanar”.

La lucha denodada para sobrevivir ya no es tal, pero, en los demás sentidos, Kormakur y Palmadottir son ejemplos del espíritu al que se refiere Laxness, que también destaca el carácter poético del islandés, el gusto ancestral, derivado de las sagas, por la buena literatura. También es gente atada ala extraña tierra que habitan, y esa conexión es la razón por la que se fueron a vivir con su familia a Hofsos. Pero se mantienen dinámicamente unidos al mundo moderno, dispuestos a montarse en un avión (sobre todo él) ante las oportunidades que puedan surgir.

“MsoNormal”>Aprovechar oportunidades es algo que siempre han hecho los islandeses. “En el pasado, debido a la naturaleza de este sitio, la economía de pesca y los violentos cambios do tiempo, si uno no aprovecha las oportunidades, se moría”, dice Kormakur, que, con sus cejas pobladas y sus ojos oscuros parece típicamente español pero es islandés, por lado de su madre, hasta el tuétano. Cuando llegaba un banco de peces, todo el mundo se lanzaba a los botes de pesca; cuando dejaba de llover y salía el sol, todo el mundo iba a los campos. Tienen tradición de ser un pueblo que aprovecha lo que puede cuando puede, y que trabaja durísimo.

Por eso es, tal vez, por lo que Palmadottir cree que Islandia, un país situado en la cima de la falla continental que separa Europa y América, se define más con arreglo al espíritu de Estados Unidos que al de la vieja Europa.

“No nos sentimos parte de Europa”, dice. “Un momento. Estamos tan cerca de Europa como de Estados Unidos”, replica su marido. “Pero somos más americanos”, insiste ella. “No estoy de acuerdo”, dice el marido. “Esa idea pertenece al pasado. Islandia era más americana por la base militar, por la televisión americana. Pero en esta época de prosperidad nos hemos ido acercando más a Europa”. “Es posible, pero nuestro espíritu es más americano, más individualista, más motivado…”. “Sí, claro, pero somos mucho más abiertos y tolerantes que los estadounidenses, más parecidos a los europeos en nuestras actitudes sociales. Y tenemos un sistema de bienestar social como el de los escandinavos, algo inimaginable en Estados Unidos”. “Sí”, asiente ella, “pero no tenemos los impuestos asfixiantes de los escandinavos; creemos mucho más en recompensar el esfuerzo…”.

Y así prosigue el debate entre la que es quizá la pareja más glamourosa de Islandia. Como único árbitro a mano en la disputa, les digo que a lo mejor los dos tienen razón y que la realidad nacional de Islandia es que, a mitad de camino entre Europa y Estados Unidos, y con una gente que ha viajado y vivido en ambos sitios, los islandeses han sabido extraer lo mejor de ambos. Tienen el optimismo, la energía y la ática del esfuerzo que define a los estadounidenses, pero también tienen la solidaridad, la tolerancia y el savoir vivre de la mejor Europa. Estados Unidos ha conquistado la luna, pero los pobres siguen siendo pobres. También ejecutan a la gente con la horca y la silla eléctrica. Estados Unidos es un país despiadado. Aquí, le señalo a Lilja, los pobres tienen acceso a los mismos hospitales y las mismas escuelas que el billonario Thor Bjórgólfsson, y la pena por un asesinato en primer grado es de 16 años.

Tal vez radique aquí parte del secreto de Islandia. En poseer lo mejor de Estados Unidos y lo mejor de Europa en haber creado un país que es a la vez vibrante, compasivo y seguro. Sobre este punto, Kormakur y Palmadottir, obstinados patriotas los dos, no encuentran ninguna discrepancia.

 Fuente: EL PAIS; martes 23 de agosto de 2006

Islandia 02. El sol de medianoche

John Carlin

Hay un breve pero siempre mágico momento de consuelo del que disfrutamos los que, por desgracia, necesitamos llevar gafas. Es el que se produce cuando el óptico nos da unas nuevas, con la graduación actualizada según la vista que hemos perdido. Nos las ponemos y, de pronto, vemos relucir ante nosotros un nuevo mundo de colores brillantes y formas cristalinas.

Esa misma sensación es la que aguarda a todos, con gafas o sin ellas, cuando se sube a una colina en medio de Reikiavik, en un día de sol y pocas nubes. La pureza incontaminada del aire, barrido por vientos árticos, y la baja inclinación del sol -que proporciona todo el día esa luz de amanecer o atardecer que tanto gusta a los fotógrafos profesionales- ofrecen la lente perfecta al ojo: casi se pueden contar los bordes dentados de las montañas que están a 200 kilómetros, y los azules marinos y amarillos de las casitas de juguete, como de Lego, que componen el centro de la ciudad adquieren un tono más vivo.

Una de esas mañanas, atravieso esta ciudad sin tráfico hasta Morgunbladid, el New York Times de Islandia. Voy porque quiero que alguien me cuente las noticias del día. Yo no puedo ni tratar de imaginar lo que dice el periódico. ni mucho menos lo que oigo en la radio o en la televisión. El islandés es impenetrable. No sólo tiene letras que no existen en nuestro abecedario (Þ, ð, æ), y lugares con nombres como Kirkjubaejarklaustur, sino que, además, no se detecta prácticamente ninguna raíz latina o anglosajona. Es una lengua antigua y extraordinariamente estable, que prueba lo escasa que fue la intervención humana en Islandia durante los 700 años desde que cedió la soberanía a Noruega hasta que la recuperó de Dinamarca en 1944. La lengua sigue siendo hoy la misma que en el siglo XIII, cuando se escribieron las famosas sagas. Si la violencia de los viejos relatos vikingos no fuera tan extrema -son habituales las escenas en las que se cortan cuerpos por la mitad con hachas-, un niño de ocho años podría leerlas hoy perfectamente, según dicen.

Me habían contado que Morgunbladid es un periódico conservador, leal al Gobierno del momento, que siempre es una coalición dirigida por la derecha. Por eso me sorprende, al llegar a la nueva sede del periódico -espaciosa para un periódico con una tirada de 50.000 ejemplares-, descubrir en la recepción una mesa visiblemente llena de ejemplares de la revista Gay Pride.

El director de Morgunbladid está de vacaciones y el subdirector estaba ese día en casa cuidando de un hijo enfermo, así que le toca al jefe de sucesos ser mi guía y acompañante. Se llama Orlygur Steinn Sigurjonsson y es alto, pálido y musculoso, tal como sugiere su nombre. La noticia más destacada del día, acompañada por una fotografía en la parte superior del periódico, es la de una mujer israelí que trata de batir un récord: quiere ser la primera persona que dé la vuelta a Islandia navegando en kayak. La segunda noticia de portada también habla de israelíes, los que están batiendo récords con sus ataques en Líbano. Luego está la historia de una disputa entre Groenlandia y Dinamarca relacionada con el petróleo y, en las noticias locales, una información sobre una gasolinera en Reikiavik a la que se ha obligado a cerrar porque no tiene los papeles en orden. Bastante más interesante, pensé, aunque había quedado relegada a la última página, era la historia de un médico en la segunda ciudad de Islandia, Akureyri , que ha realizado unas investigaciones que parecen indicar que cuanto más gordo es un niño, menos probabilidades tiene de ir bien en el colegio.

Le pregunto a ÖrIygur–un tipo taciturno, pero dotado de la misma seguridad firme y serena que estoy descubriendo en todos los islandeses con los que me encuentro- qué noticias va a dar hoy que tengan que ver con delitos. Para ser estrictos, ninguna, me responde. Va a contar los últimos datos sobre accidentes de motocicleta, pero ésos son sucesos que, más que ser cuestión de delitos, o incluso negligencia, son pura estupidez. “Se ha apoderado del país la manía de las motos”, dice Örlygur. “Es otro ejemplo más de lo ricos que nos hemos hecho de repente. Entre enero y mayo del año pasado importamos 600 grandes motos nuevas, la quinta parte de las importaciones totales durante los últimos 50 años. Es sobre todo gente de 40 y 50 años, que se encuentra con un montón de dinero y no sabe cómo utilizarlo”.

La otra historia en la que está trabajando ese día Örlygur también tiene que ver con Israel. Y es, una vez más, una noticia de la sección nacional. Resulta que la mujer del presidente nació en Israel, aunque tiene pasaporte británico. Hace poco ocupó los titulares cuando la retuvieron varias horas en el aeropuerto de Tel Aviv por no tener pasaporte israelí. La televisión mostró imágenes de ella enrabietada con los agentes uniformados de la inmigración israelíes. Hoy, Örlygur está escribiendo sobre su inminente adquisición de la nacionalidad islandesa.

Parece una buena idea. Debe de haber más británicos e israelíes que harían lo mismo si pudieran. Sobre todo ahora que está a punto de quedar eliminada del territorio islandés la última amenaza imaginable contra la seguridad nacional.

Una de las grandes noticias de los últimos meses en Islandia, me dice Örlygur, es la relativa a la decisión de Estados Unidos de retirar su base militar de Keflavik, en un brazo de tierra volcánica al oeste de Reikiavik. Dado que Islandia es un país que no dedica ni un céntimo de sus impuestos a gastos militares, la base estadounidense ha sido el único medio de defensa del país desde la Segunda Guerra Mundial. A lo largo de ese tiempo, periódicamente, ha habido manifestantes de izquierdas acampados delante de la base para pedir que se cerrara el Guantánamo islandés. Pero ahora que la base va a desaparecer, los islandeses no están seguros de si eso es bueno o malo. Lo cual resulta curioso porque, en estos tiempos, con un Estados Unidos desatado en su guerra contra el terrorismo islámico, la base de Keflavik parecería el único objetivo islandés capaz de interesar a los Bin Ladens de este mundo.

Parte del problema, explica Örlygur, se debe a la mala educación de Estados Unidos. La base siempre existió, en virtud de un acuerdo conjunto entre los dos países, pero el Gobierno de Bush se limitó a anunciar un día que se iba, sin previo aviso, y no hubo más que hablar. Recuerdo lo que me dijo el futbolista Gudjohnsen de que Islandia es un país pequeño que cree que es grande, y puedo comprender por qué es posible que los islandeses se hayan incorporado a la larga lista de países de todo el mundo y de todos los tamaños que se sienten molestos por la prepotencia de la que ha hecho gala Estados Unidos en años recientes. Entre otras cosas, porque el Gobierno de derechas de Islandia, en la época de la guerra de Irak, se unió a España, Reino Unido, Costa Rica, las islas Marshall, Micronesia y las islas Salomón (entre otros Estados) en la “coalición de los dispuestos”. (The Washington Post llamó al que era entonces embajador islandés ante EE UU, Helgi Agustsson, y le preguntó si su país iba a enviar tropas. “Agustsson soltó una sonora carcajada escandinava”, informó el Post, “y dijo: ¡Qué ocurrencia tan graciosa!”).

Una vez que se pasó la decepción inicial con los norteamericanos, explica ÖrIygur, se inició un debate político sobre si Islandia afronta algún tipo de amenaza; y el Gobierno sostuvo que sí, que había una amenaza terrorista. ÖrIygur parece estar de acuerdo conmigo en que hay alguien que tiene muy poco claras las cosas, pero, cuando le pregunto si existen planes para sustituir a las fuerzas estadounidenses, me dice que el ministro de Exteriores ha estado viajando por Europa con el fin de obtener apoyos a las tropas de otros miembros de la OTAN, y que los franceses, en un momento dado, parecían haber estado interesados en llenar el hueco dejado por Estados Unidos. ¿Alguien ha pensado en la posibilidad de crear ge una vez un Ejército islandés? Orlygur me observa como si estuviera loco. “¡Dios mío, no! ¡Ningún político de ningún partido ha sugerido nunca algo semejante!”.

Ésa es la razón de que Islandia pueda tener lo que el embajador británico, Alp Mehmet, llama un “fantástico sistema de salud, que no tiene nada que envidiar a ningún otro, y un sistema educativo también fantástico”. Mehmet, el primer embajador musulmán británico en el mundo, me asegura mientras nos tomamos un té que su país podría aprender muchas cosas de Islandia. Y no sólo en cuanto al sistema del Estado de bienestar. “También son estupendos en los negocios”, dice. “De no estar en ningún sitio hace 10 o 20 años, han pasado a estar prácticamente comprando Dinamarca y Gran Bretaña”. ¿Una especie de reconquista vikinga? “Podría llamarse así”, se ríe. “Pero las empresas islandesas ya dan trabajo a entre 100.000 y 120.000 británicos en Gran Bretaña, y también han comprado la mayor cadena de grandes almacenes de Dinamarca, para desolación de los daneses”. Sería raro que no les hubiera molestado. Es como si Bolivia comprara El Corte Inglés. “El KB Bank islandés”, añade el embajador Mehmet, impresionado hasta el asombro por el país anfitrión, “fue el banco que más rápidamente creció en todo el mundo el año pasado. Y tendría usted que ver la responsabilidad social que muestran aquí los adolescentes, y qué actitud tan benevolente existe hacia las jóvenes que se quedan embarazadas cuando todavía están estudiando, y cuánta igualdad hay entre hombres y mujeres…”.

En resumen, el embajador británico parece tan convencido como Victoria Abril y la madre de Eidur Gudjohnsen de que Islandia es el mejor país del mundo. Mis opiniones empiezan seriamente a consolidarse en ese sentido después de mis tres o cuatro primeras comidas en Reikiavik. Un local que escogí al azar se define de forma asombrosamente humilde como pizzería, pero sirve una sopa de salmón al curry de una ligereza maravillosa y – un pescado fresquísimo del océano Ártico de carne rosada que en la industria se llama charr, rodeado de puerros. Después voy a un sitio que me ha recomendado un amigo islandés llamado Vid Tjornina, en el que como pescado crudo marinado en limón, con soja y wasabi, seguido de bacalao y cocinado con aceitunas, tomate y cebolla, hecho con tanta frescura y destreza como si hubiera estado en Bilbao. Y en Laekjarbrekka, donde voy a cenar, la sopa de espárragos y langosta, el carpaccio de reno y el caviar negro y rojo tienen el delicioso acompañamiento de una botella de un magnífico vino surafricano, Klein Constantia Sauvignon Blanc.

Tengo que hacer un esfuerzo constante para recordar que ésta es una ciudad en la que, como no dejan de decirme, hace 20 años no había más que dos restaurantes; lo que la gente consideraba una buena comida era abadejo cocido con patatas, y una cena festiva consistía en pollo con patatas fritas y vodka. También tengo que recordar, mientras me tomo un skyr -una especie de yogur cremoso islandés-, con pannacotta de fresa y sorbete de arándano, que es la hora de la cena, y no del almuerzo. Al acabar es medianoche y el sol sigue visible en el cielo; está bajo, pero aún visible. Parecía a punto de ponerse desde antes de sentarme a la mesa, pero ahí sigue colgado tentadoramente sobre el horizonte, hasta que por fin, hacía la una de la mañana, se oculta momentáneamente para reaparecer medio minuto después, en el instante oficial del amanecer. Uno responde a tanta magia con un asombro infantil, y con algo del deleite travieso de un niño al que han permitido quedarse con los mayores mucho después de la hora de ir a dormir. Salgo del restaurante y me mezclo con los jóvenes que se disponen a disfrutar de otro fenómeno del que no dejo de leer y oír hablar, la famosa vida nocturna de Reikiavik. Cuatro chicas de unos 19 años caminan calle abajo vestidas con zapatos de tacón, minifaldas y camisetas atadas al cuello. Van vestidas como si estuvieran en Torremolinos. Tienen que ser islandesas. Hace 12 grados de temperatura y todos los extranjeros llevamos chubasquero.

Eso es precisamente lo que llevo puesto a la mañana siguiente cuando subo al avión de hélice que se dirige a Akureyri, en la costa norte y en el extremo sur del fiordo más largo de Islandia. Mientras iniciamos el descenso veo por la ventana el paisaje más imponente, desolador y hermoso que he visto nunca. Cráteres rocosos y largas y gigantescas cimas de lava negra y desnuda, que alternan con largos dedos de hielo. Deshabitado e inhabitable, como el 90% del país. Pero descendemos bajo las nubes y el espectáculo se vuelve verde, todo lo verde que puede llegar a ser Islandia, y, mientras se preparan las ruedas para el aterrizaje, veo caballos pardos y manchas blancas que son ovejas. Del borde del fiordo, de forma completamente anómala, sale un barco de pasajeros enorme, un ferry -según me entero en las tiendas de recuerdos de la ciudad lleno de jubilados estadounidenses. Estamos prácticamente en el fin del mundo y, sin embargo, descubro que Akureyri tiene su propia orquesta sinfónica, su propia universidad y un gran hospital que atiende también a los enfermos en la parte oriental de Groenlandia. Cuenta además con bares que sirven lattes, capuchinos y macchiatos –la aportación más reciente de Italia a la globalización- y más camareras que hablan inglés a la perfección.

Alquilo un coche y conduzco durante media hora hacia el norte, por el borde occidental del fiordo, hasta llegar a Arskogssandur, donde dejo el coche y tomo el ferry a la isla de Hrisey. Aquí tengo una cita con un autor islandés que, según me han dicho, puede ofrecerme una visión de Islandia más cáustica que la que he recibido hasta ahora. Empezaba a preocuparme, después de tres días de visita, que estuviera creándome una imagen demasiado rosa de esta remota isla; que no estuviera cumpliendo mi deber periodístico de tener en cuenta todos los puntos de vista.

Sin embargo, el panorama desde el ferry, una pequeña embarcación blanca que llega a la isla de Hrisey en 15 minutos, es tan sobrecogedor’ que elimina de mi cabeza cualquier idea baldía de objetividad o equilibrio. Me rodean un mar de cristal y unas montañas de pendientes verdes–de todos los matices de verde imaginables- que bajan suavemente hacia las aguas de azul intenso o muestran un brusco descenso en rocosos acantilados de vértigo. Una línea de nubes corta las montañas por la mitad, y lo que se ve por encima de ellas pertenece a un escenario totalmente distinto: cimas desnudas, oscuras, de contornos redondeados, manchadas de glaciares blancos, que producen el efecto de un cuerpo de caballo de color blanco y marrón. A través de la lente de este aire puro y esta luz islandesa fotogénicamente perfecta, el espectáculo es inmenso y majestuoso. Haldor Laxness, un escritor del que no me avergüenza decir que no había oído hablar jamás antes de ir a Islandia, es un novelista y poeta que obtuvo el Premio Nobel en 1955, fundamentalmente por una obra épica -la novela islandesa por excelencia- llamada Gente independiente, y ha escrito con más pasión que nadie sobre el paisaje extraterrenal de su país. Como revela este fragmento de un libro titulado Luz del mundo: “Donde el glaciar se eleva hacia el firmamento, la tierra deja de ser de este mundo y se vuelve celestial; allí no puede haber penas, de modo que ya no es necesaria la alegría sólo manda la belleza, más allá de todo reclamo”.

Fuente: EL PAIS; martes 22 de agosto de 2006

Islandia 01. El país más seguro del mundo

John Carlin

El país del sol de medianoche, de las sagas de vikingos y de la seguridad sin Fuerzas Armadas es la próxima parada de estas ‘Crónicas de la vida’. John Carlin viaja a Islandia con la recomendación bajo el brazo del capitán de la selección nacional islandesa, que acaba de pasar a la lista de fichajes del FC Barcelona. Un futbolista atípico, procedente de un país atípico, que en 50 años ha pasado de ser uno de los más pobres de la Tierra a hacer tantas inversiones en el extranjero que sus bancos están creciendo a más velocidad que los de cualquier otro país.

Islandia tiene menos de 300.000 ciudadanos y, que yo sepa, sólo uno de ellos que viva en mi ciudad, Barcelona. Antes de ir allí pensé que sería conveniente hablar con él, ver si podía darme un par de pistas, quizá sugerir gente a la que conocer. Me dijo que podíamos quedar al día siguiente. Me sorprendió. Cualquier periodista al que se le pregunte sabe que no existe nadie más difícil de convencer para una entrevista que un futbolista profesional de primera. Políticos, escritores, actores, son fáciles. Futbolistas, una pesadilla. Es comprensible. Lo suyo no es hablar. Es jugar. y, sin embargo, la gente parece esperar que sean tan duchos con el lenguaje como con el balón. No suele ser así.

Eidur Gudjohnsen, el fichaje islandés que ha hecho el Barça este verano, es la excepción a la regla. A un montón de reglas. Si se le pusieran alas, sería un ángel. De rasgos exquisitamente finos, .cabello rubio platino y más delgado de lo que parece en televisión, tiene además el don de las lenguas. Habla seis idiomas, y el séptimo está en camino. “El español parece fácil”, dice, sin arrogancia, como quien enuncia un hecho.”Lo aprenderé enseguida”. Se muestra franco, confiado, sereno. Le encanta ser islandés y se enorgullece de ser capitán de la selección nacional. ¿Incluso aunque casi siempre hayan perdido? “Somos un país pequeño que se cree grande”, explica el ángel en perfecto inglés. “Tenemos grandes ambiciones como nación, y eso da a los islandeses una gran camaradería. Yo la veo cuando juego en la selección nacional. Ser el capitán de mi país es maravilloso. Podemos estar perdiendo, pero siempre hay un espíritu positivo, un puño en el aire, la convicción de que podemos darle la vuelta al marcador”.

¿Qué es lo que le gusta de Islandia? “La frescura del aire, la frescura que tiene todo. Es incomparable. Me gustan las 24 horas de luz natural en verano, que puedo empezar una partida de golf a medianoche y acabada a las cuatro de la mañana. La comida me parece estupenda”. ¿La comida…? “Magníficos restaurantes en Reikiavik, créame”. Vale, ¿y qué más? “Me gusta el paisaje. Cuando vuelvo a Reikiavik después de una temporada fuera, subo a una elevación que se encuentra en el centro de la ciudad y observo las montañas de alrededor, y .esa vista siempre me emociona”. Pero lo mejor -lo mejor de todo lo que tiene Islandia para Gudjohnsen, un hombre que, a sus 28 años, ha viajado por todo lo largo y ancho de este mundo- es lo seguro que es. “Tengo dos hijos pequeños, de cuatro y ocho años. Cuando estoy en mi país, los niños pueden salir de casa, puedo no verles en 10 horas y tener la absoluta certeza de que no les va a pasar nada”. Supongo que los adultos también, le sugiero, pensando en que Islandia está absolutamente alejado de la locura terrorista que aflige al mundo, sin dejar de ser, al mismo tiempo, un país que tiene agua corriente. Electricidad e Internet de banda ancha. “Lo mejor de Islandia”, insiste Gudjohnsen con pasión, “es que es el lugar más seguro del mundo”.

Y no sólo el más seguro, sino, según Victoria Abril, el mejor. Le cuento a Gudjohnsen que he leído hace poco un breve artículo de revista en el que la actriz española decía, después de rodar allí una película llamada 101 Reykjavik, que Islandia era un país tan ejemplar que los jefes de Gobierno de todos los países del mundo deberían ir a pasar allí un par de semanas para ver cómo es una sociedad ideal. El jugador más famoso de la historia del fútbol islandés alza una ceja y sonríe, como reconociendo que sí, que no vendría mal la idea.

Queda un último asunto que necesitaría mencionarle antes de; despedirme de él. ¿Me puede sugerir algunas personas a las que entrevistar? Tal vez viejos amigos suyos, vecinos, gente del mundo del fútbol, expertos en general, que puedan ayudar a darme una visión razonablemente exhaustiva de lo que hace que Islandia sea Islandia.”Sabía que iba a preguntarme eso”, dice. “y he reflexionado un poco. La verdad es que sólo hay una persona”.

¿Sólo una? “Una, sí, una persona que estoy segura de que le va a proporcionar todo lo que necesita”. ¿Y quién es? “Mi mamá”. ¿Su mamá? “Sí, mi mamá”.

. Durante las cuatro horas de vuelo con lcelandair a Reykiavik me preparo para mi encuentro con la madre de Gudjohnsen, cuyo número de móvil el futbolista me ha dado, leyendo un poco sobre su país.

Algunos datos:

– Islandia es el único país de la OTAN que no posee Fuerzas Armadas, puesto que fueron abolidas en el siglo XIII.

– Sólo una ínfima parte de los 679 policías del país –una unidad de crisis llamada Los Vikingos- lleva armas; el índice anual de asesinatos es inferior a cinco y la suma total de la población carcelaria es 118.

– Islandia tiene la mayor densidad de teléfonos móviles per cápita del mundo (hay más móviles que habitantes), y las tres cuartas partes de la población están conectadas a Internet.

– La mortalidad infantil es la quinta más baja del mundo y la expectativa de vida es sólo inferior a la de otros 10 países, entre los 226 del planeta.

– Reykiavik es la capital más septentrional del mundo e Islandia está más al norte que la mayor parte de Alaska, pero, aunque los inviernos son oscuros, la temperatura es varios grados más suave que la de Nueva York.

– Islandia presume de tener el Parlamento más antiguo del mundo, el Althing, fundado en 930.

– Todos los hogares tienen agua caliente gratuita por cortesía de la naturaleza, gracias a los pasadizos subterráneos de tipo volcánico; en ningún otro país hay documentadas tantas erupciones volcánicas, y posee 33 volcanes.

– Islandia (que tiene el tamaño de Inglaterra) es el séptimo país menos densamente poblado del mundo (el primero es Mongolia) y el número 25 en la lista de países menos habitados (el primer lugar lo ocupa el Vaticano).

– Porcentaje de tierra cultivable: 0,07; porcentaje cubierto de glaciares: 12.

– El primer país en exportaciones es el Reino Unido; el quinto, España (pescado).

– Islandia legalizó el matrimonio gay en 1996.

– No existen la educación privada ni la sanidad privada: los servicios públicos son tan buenos que no hay demanda.

– Los islandeses hacen tantas inversiones en el extranjero que sus bancos están creciendo a más velocidad que los de cualquier otro país.

– Los islandeses compran más libros per cápita que cualquier otro país del mundo.

Además, inventaron la novela, o algo muy parecido. Jorge Luís Borges era un tremendo admirador de las sagas islandesas, sobre las que escribió: “En el siglo XII, los islandeses descubren la novela, el arte de Cervantes y de Flaubert, y ese descubrimiento es tan secreto y tan estéril para el resto del mundo como su descubrimiento de América”. Los hallazgos arqueológicos realizados en Terranova confirman que fue un islandés, Leifur Ericsson, quien descubrió América, si bien Ericsson y sus contemporáneos no se establecieron allí como harían los españoles 500 años después, en el Caribe. Borges se equivocó al decir que las sagas se habían escrito en el siglo XII (fue en el XIII), pero si es cierto que las sagas se anticipan a la novela, porque son relatos lineales en prosa, con un principio, un nudo y un desenlace, y unos héroes que viven aventuras. Pero lo que constituyen es, con su inexorable melodrama (he leído la Saga de Njal, que está traducida al español, y he hojeado alguna más), versiones vikingas de los culebrones de televisión contemporáneos. Dinastía con cascos de cuernos -y más sangre-. Los temas son el amor, la traición y la venganza, y gran parte de la acción se desarrolla en torno a mujeres manipuladoras e intrigantes, los malvados prototipos de Lady Macbeth y la Alexis de Joan Col1ins.

El único parecido que puedo verle a Olor Einarsdottir, la mamá de Gudjohnsen, con Joan CoIlins es lo joven que parece para su edad. Me esperaba lo que se me había anunciado, una madre. Sin embargo, lo que encontré fue una mujer alta, delgada, rubia, toda enjoyada, con zapatos de tacón y unos vaqueros ceñidos, a la que muy bien habría podido tomar por la novia de Gudjohnsen, o por un miembro del reparto de la serie de la televisión británica Mujeres de futbolistas. Pero, antes de hablar con ella, contaré cuáles fueron mis primeras impresiones de Islandia.

El trayecto de 40 minutos en autobús, a las tres de la mañana, bajo la luz del amanecer (en verano, hay luz de amanecer toda la noche), me permitió ver un paisaje de lava oscura, llano y accidentado, tan desprovisto de vida -ni un solo arbusto, ni una brizna de hierba- que entendí inmediatamente lo que había leído alguna vez de que la NASA enviaba allí a sus astronautas a entrenarse en la época de los viajes a la Luna. ¡Y ése era el rincón de Islandia en el que viven dos tercios de la población! No me pareció extraño que durante los siglos de colonización danesa, un rey de Dinamarca pensara en una ocasión que lo mejor que podía hacer por sus remotos súbditos era despoblar la isla y transportar a todos sus habitantes a varias colonias que poseía en las Indias Occidentales.

El rey, que cambió de opinión, se habría sorprendido al saber que, 200 años después de su muerte, una ciudad portuaria de cabañas y nativos medio muertos de hambre, a la que llegaban, por término medio, dos barcos al año desde tierras extranjeras, se ha convertido en una de las mecas más de moda para millonarios y jóvenes en busca de fines de semana de raves, procedentes de Europa occidental o del equidistante Estados Unidos. Lo único que pude ver al salir a pasear al centro, a las nueve de la mañana del domingo, fue a unos cuantos rezagados de las actividades nocturnas bebiendo café-muy bueno, como todo el que se bebe en Islandia- en el urbano Café Paris, que, por cierto, servía los mejores croissants que he comido al norte de Buenos Aires. Las camareras hablaban un inglés perfecto, igual que todos los taxistas. Antes de entrar en mi primer taxi islandés, esperé a que saliera una anciana islandesa. Vi cómo entregaba su tarjeta de crédito al conductor, que la pasó por una máquina colocada en el salpicadero y luego le daba el recibo para que lo firmara. Al llegar al aeropuerto de Reikiavik había cambiado un montón de dinero, porque había oído que Islandia era muy caro, pero pronto descubrí que, para los islandeses, el dinero en efectivo pertenece a la Edad Media. Pagar con dinero delata inmediatamente que uno es extranjero. Los islandeses pagan sus cigarrillos, sus cafés, todo, con tarjetas de plástico.

El taxista tenía alrededor de 50 años y unos brazos como jamones, pero hablaba inglés como un nativo. Mejor, incluso. El islandés, por lo general, habla inglés mejor, con más corrección, que la típica persona inglesa. Después de 10 días allá no me cabe la menor duda. Tiene que ver con un sistema educativo que es manifiestamente superior, además del uso de subtítulos no sólo en todos los cines, sino en todos los programas de televisión cuya lengua original es el inglés. Hablar inglés en Islandia es tan corriente y natural como hablar castellano en Cataluña. Por eso, casi todo el mundo habla un tercer idioma.

Lo más sorprendente del centro de Reikiavik, aparte de una catedral peculiar y extrañamente grande -una arquitectura que igual podría pertenecer al siglo XII que al XXII, a una saga que a una novela de ciencia ficción-, es el número de bebés y de embarazadas jovencísimas que hay. La segunda cosa es la densidad de restaurantes y bares (sushi, tapas, indios, mexicanos, asiáticos de fusión, italianos, franceses, además de tabernas islandesas tradicionales en las que se sirve ballena, frailecillo, cormorán y tiburón putrefacto). La tercera, la escasez de farmacias, y ninguna, que yo haya visto, con la profusión de medicinas para problemas estomacales que se suelen ver en el mundo occidental. Con un sistema de salud gratis tan bueno y una expectativa de vida tan larga, está claro que éste es un negocio en el que no merece la pena invertir. En cuanto a la calidad de las tiendas de moda y de diseño (en las que se ven marcas locales compartiendo el espacio, orgullosas, con los grandes nombres italianos), las tiendas de delicatessen en las que se encuentra jamón ibérico y las ubicuas librerías, quizá no asombraría si estuviéramos, por ejemplo, en Copenhague. Pero estamos en una ciudad de 100.000 habitantes (o sea, del tamaño de Algeciras u Orense) que a las nueve de la mañana de un domingo tiene el aire, los colores y las dimensiones –sobre todo en sentido vertical, porque todos los edificios son bajos de la aldea de pescadores ártica y remota que hasta hace muy poco fue.

“Me sorprende que le haya enviado mi hijo. a verme, porque siempre me está diciendo que no debo hablar con la prensa”, comienza Olor Einarsdottir, mientras cierro la boca que se me ha quedado abierta y me repongo de la sorpresa que me ha causado oír que es ya abuela por triplicado. Esa ha sido su respuesta cuando le he dicho que me costaba creer que tuviera un hijo de 28 años. En cuanto a su sorpresa porque su angélico Eidur me haya enviado, le explico que no tengo ningún interés, en estos momentos, en hablar de fútbol ni, ya puestos, de su hijo.

“Si lo que quiere es aprender cosas de nuestro país”, declara la bella señora Einarsdottir -sonriente, pero de firme apretón de manos y mirada segura-, “lo que le recomiendo que haga durante el tiempo que esté aquí, con cualquiera al que entreviste, es preguntar cómo es posible que, en el plazo de 20 años, hayamos pasado de ser un país pobre, oscuro y atrasado a ser uno de los lugares más modernos, prósperos y en expansión de la Tierra”.

Así se lo prometo, y ella mira en su ordenador una lista con los nombres y los números de personas a las que debo ver. Es la eficacia personificada, como claramente tiene que ser para dirigir una operación logística que, en los ajetreados meses de verano, recuerda a los desembarcos del Día D, pero todos los días de la semana. La empresa que posee es la mayor compañía de turismo de aventura en Islandia. Activity Group tiene 100 motonieves y media docena de gigantescos todoterreno para hielo, seguramente lo más parecido a un ejército que tiene Islandia. Su segundo marido (el padre de Gudjohnsen es un ex futbolista profesional que jugó, en Holanda y Bélgica) es socio en la empresa y además tiene tiempo para ser uno de los máximos responsables de la policía del país, el jefe de la unidad armada de Los Vikingos.

“Somos el pueblo más afortunado del mundo… ahora”, dice la madre del futbolista, que vivió 16 años en Europa continental con su primer marido. “Hemos cambiado y nos hemos enriquecido en muy poco tiempo. Antes de nuestra independencia de Dinamarca, en 1944, antes de que los británicos y los americanos establecieran bases militares aquí en la Segunda Guerra Mundial, éramos una de las naciones más pobres de la Tierra”. ¿África con más frío? “Exacto”, sonríe. “La gente tenía que ser recia. No se trabajaba para gastar, gastar como vemos hoy, sino para sobrevivir. Hoy, éste es el lugar perfecto para vivir. Muy seguro, sin pobreza, el mejor sitio para criar hijos. Y de pronto tenemos tanto dinero que no sabemos qué hacer con él. Los islandeses -ya verá- están obsesionados con comprar los últimos caprichos, los más nuevos. Nuestros coches son todos nuevos. Viajamos por todo el mundo. La gente en el extranjero no sabe casi nada de nosotros, pero nosotros sabemos todo sobre ellos”.

Como para probar que tiene razón, al salir de su oficina entablo conversación con los conductores de uno de sus megajeeps para hielo, un hombre grandón de treinta y tantos años. “¿Barcelona?”, dice. “¡La mejor ciudad del mundo!”. Una joven secretaria levanta la vista de la pantalla de su ordenador. “No”, dice. “Madrid es mejor. Más vida”. “¡Pero el tráfico de Madrid…!”, responde el conductor, que no sufre precisamente ese problema entre los glaciares. “Pero Madrid tiene menos turistas”, replica la secretaria. El debate podría haber continuado todo el día, si no hubiera llegado mi siguiente taxista, que también habla inglés estupendamente. La madre del futbolista me da la mano con firmeza, me desea buena suerte y, mirándome ‘a los ojos, dice: “Éste es un país único y asombroso. Ya verá”.

Fuente: El País, lunes 21 de agosto de 2006

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